¿Te gusta leer? Aquí mi blog literario: cuentos, relatos, poesía... incluso Micro-raticos. ¿Te quedas?
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viernes, 29 de mayo de 2015

ASUNTOS SUCIOS



Tortuga analizaba las cuerdas de una vieja bandurria a la cual le faltaba una, su estado era tan dejado como el resto de la casa que se caía a pedazos por todas partes. La detective Flora, intrépida aunque prevenida dejó a Teo cavilando sobre el polvo arrastrado en parte de la bandurria, y siguió buscando por todos los rincones, hasta que encontró el cadáver que colgaba de una viga en una habitación donde el techo no cubría, al parecer se había desprendido hacia ya bastante tiempo y los escombros tirados en el suelo ocultaban lo que anteriormente debió de ser un cuarto de niños. Llamó a Teo, su superior, para que viera el cuerpo del colillero. Permanecía empapado de sangre, le habían quitado los ojos, y con la cabeza casi separada del cuerpo colgaban sus restos de la doceava cuerda de la vieja bandurria.

Mientras esperaban a que viniesen a recoger el cadáver, Flora fotografiaba la escena del crimen y las pruebas que Teo iba encontrando. Cuando llegó el forense bajaron el cuerpo y se lo llevaron para analizarlo. Una vez en comisaría la detective buscó a los familiares para darles la noticia, pero el colillero no tenia familia directa, solo primos lejanos con los que ni tan siquiera mantenía relación. Sus padres habían fallecido cuando el aún era un chaval y comenzaba a fumar, en un despiste se había dejado un cigarrillo mal apagado y la casa había ardido, y con ella, sus padres y su hermano pequeño, él había conseguido escapar por una ventana al ver las llamaradas desde el otro lado del pasillo.

Los vecinos no habían visto nada, o no querían decirlo, el barrio era humilde aunque con algunas familias conflictivas, todos fueron interrogados por el Tortuga, todos tenían cuartada menos una prostituta que rondaba la zona en busca de compañía, aquel día decía no haber ido por allí pero varios vecinos la vieron pasar. La detuvieron como principal sospechosa ya que encontraron un cabello suyo enredado en la cuerda, y colillas en un enorme cenicero de barro que contenían su ADN. En el interrogatorio negó su acusación y contó que aunque el colillero no tenía dinero para sus servicios eran amigos de mucho tiempo atrás y que ella le llevaba sus propias colillas.

Flora era reacia a creer que la joven fuera la culpable ya que la crueldad empleada era excesiva, más acorde a un criminal masculino y reincidente debido a la precisión con la que le habían extirpado los ojos con una simple cuchara, estos los encontraron depositados en el centro del cenicero, arrancados pos mortem. Ella se preguntaba que habrían visto aquellos ojos para llegar a ser víctimas de esa atrocidad. Llevaba poco tiempo en el cuerpo y apenas había detenido a criminales, el caso más conflictivo en el que había trabajado era sobre unos camellos de poca monta liados a navajazos en la periferia. El Tortuga sin embargo estaba a punto de jubilarse y le daba igual detener a un inocente, lo único  primordial para él era tener algún culpable al que detener.

Pasó toda la tarde en el laboratorio observando las pistas y los informes, algo se le escapaba pero no sabía el que. Salió de comisaria, se subió al coche y se presentó en el lugar del crimen. El precinto estaba quitado, desenfundó su arma y con su habitual templanza entró en la casa. No encontró a nadie, todo parecía estar igual que la vez anterior. Fue a la cocina a por un poco de agua, la mesa aún estaba puesta, una litrona y una caja de pizza vacía. Se fijó en el cajón medio abierto de la mesa y fue a inspeccionarlo. Encontró una libreta abierta donde con el intento de diferentes caligrafías una misma frase se repetía “Quiero diez mil euros o voy a la policía”.

Cogió la libreta, estaba casi sin hojas, pasó una tras otra y en la última encontró una dirección y un sobre, tras abrirlo aparecieron dos fotos de un hombre de mediana edad subiéndose a una lancha en el puerto, en una estaba de perfil desatando el amarre, en la otra su rostro se mostraba por completo y en la parte posterior de la lancha se podía observar un bulto de grandes dimensiones. Lo recogió todo y fue a comisaria, había llegado la noche y la mayoría de sus compañeros se habían ido a casa,  solo quedaban los de guardia.

Al amanecer la encontraron dormida en su escritorio, con el ordenador encendido y las fotos en la mano, el cansancio había podido con ella tras haber visto el rostro de todos los delincuentes que tenían registrados. Fue a su casa para asearse y desayunar antes de volver al trabajo, luego fue a la dirección encontrada, estaba a dos manzanas del lugar del crimen, en un edificio de pisos humildes, subió a la quinta planta por las escaleras, giró a la derecha y ante la tercera puerta se paró.

Llamó al timbre que no sonó, luego tocó con los nudillos. Estaba nerviosa, en la academia la habían preparado para todo tipo de situaciones pero en esos momentos, se reprochaba no haber esperado al Tortuga para que la acompañase. Se recolocó la chaqueta para que no viesen la pistola, unos pasos lentos se aproximaban a la puerta, una sombra oscureció la mirilla. Sorpresa la suya al ver que quien la abría era conocido para ella, aún sin afeitar, despeinado y con el pijama, el Tortuga la recibía preguntándose qué hacía allí.

No se atrevió a contarle la verdad temiendo que estuviera implicado y se excusó diciendo que había pasado por allí porque le habían recomendado una cafetería de la zona e iba a recogerlo para llevarlo a desayunar. La invitó a pasar, se sentó en el sofá mientras que el se arreglaba y mirando la estancia sus ojos se pararon en una foto de un estante del salón. Teo acompañado de otros compañeros de profesión, entre los cinco miembros se hallaba el de la foto encontrada en la casa del colillero, en una esquina asomaba la lancha con el nombre de Fabiola, que a su vez era como se llamaba la prostituta encerrada.

En su mente comenzaron a formarse todo tipo de conjeturas, se levantó, miró para el pasillo por donde se había marchado su superior y al escuchar aún el agua de la ducha se aproximó a la foto, la quitó del marco, se la guardó en el bolsillo interior de la chaqueta y el marco lo metió en un cajón. Luego le dejó una nota escrita en un sobre que encontró sobre la mesita, se disculpó y se fue al muelle, allí esperaba encontrar la lancha y a su dueño para interrogarlo pero no vio rastro de ninguno de los dos.

Nada más entrar por las puertas fue al despacho del comisario, el Tortuga aún no había llegado y los demás charlaban del partido de futbol de la noche anterior. Le expuso todas la pruebas y sus razonamientos sobre la mesa, el la escuchaba atentamente. Cogió el teléfono para hablar con alguien, luego le dijo que podía irse y que dejara el tema, que él se encargaba de todo. Cuando ya se iba algo le llamó la atención, entre las fotos de los familiares que colgaban de su pared, asomaba muy sonriente la cabeza del sospechoso.

viernes, 15 de mayo de 2015

LLORAR DE PENA



Sereno el llanto de la luna,
Por quererse subir a ella,
Llora de pena la luna,
Por verla llorar de pena.

Qué triste esta niña sola,
Que no tiene quien la quiera,
Que quiere subir a la luna,
Y no hay quien la suba a ella.

Qué triste siente el alma,
Sola está rota de pena,
La niña ya no está sola,
Está con la luna llena.

En el seno de la luna,
Duerme soñando poemas,
Y se ha convertido en lucero,
La niña que lloraba penas.

jueves, 30 de abril de 2015

VACACIONES EN PINGOROTUDO



El verano pasado fui con mis padres al campo de vacaciones, habían alquilado una casita para todo el mes de agosto en un pueblo muy pequeño, en el monte de Pingorotudo, apenas había cincuenta habitantes en todo aquel pinar. En un principio yo no quería ir, pues prefería quedarme en la casa de mi abuelita Teresa, ir con ella a la playa, jugar con mis amigos en la arena y ayudarla a hacer magdalenas de piñones tostados, las favoritas de mi abuelo Fran.

Cuando llegamos me bajé inmediatamente del coche, tenía las patas dormidas del viaje, el paisaje era digno de admirar, había un maravilloso pinar, rodeado de frondosos nogales. Ayudé a mis padres a llevar el equipaje hasta la que iba a ser nuestra casita de verano, tenía un pequeño porche, salón, cocina comedor, dos habitaciones y un cuarto de baño.

Me salí al porche para admirar las vistas, la casa de enfrente era más grande que la nuestra porque eran seis las ardillas que la habitaban, los papas, las trillizas y el abuelo. En aquel entonces me di cuenta de una cosa, y es que si nuestra casa hubiera sido más grande nos podríamos haber llevado a los abuelos.

Las trillizas jugaban al escondite mientras yo las observaba sentado en el porche, como me vieron solo y aburrido me invitaron a jugar con ellas. Yo me la quedaba y ellas se escondían. Obdulia se encontraba escondida detrás de un seto, estaba a punto de pillarla cuando me distrajo una extraña bocina. Me quedé totalmente sorprendido al comprobar de donde provenía aquel aparatoso ruido. Era un autobús que avisaba de su llegada, en el exterior figuraba un letrero muy grande que decía “Soy el autobús del conocimiento”.

Mientras observaba como se bajaba una ostentosa ardilla del autobús llegó Bienvenida que fue la última de las trillizas en llegar, como no había conseguido encontrarlas me tocaba quedármela una vez más, pero las tres hermanas no quisieron jugar y me invitaron para que las acompañase al autobús. La conductora tocaba otra vez la bocina, quería que todas las ardillitas que habitaban el monte de pingorotudo acudieran a ella.

Éramos los primeros en la cola, yo iba detrás de las trillizas, y detrás de mí venían seis ardillas más. Les pregunté a las trillizas a donde iba aquel extraño autobús, pero no me contestaron, conforme subí comprendí que no nos íbamos a mover del sitio, que el viaje era al conocimiento. Las ventanas estaban cubiertas de estanterías llenas de libros, había sillones alrededor de todo el autobús, y una mesa muy grande, además de varios ordenadores.

La conductora nos dijo que nos pusiéramos en la mesa, luego repartió papel y el lápiz entre los presentes, y nos pidió que le hiciéramos una pequeña redacción donde le contásemos algo de nosotros mismos y sobre los temas que nos gustaría aprender. Después de recoger las redacciones nos invitó a coger un libro de las estanterías, el que más nos gustase, quería que nos lo leyéramos y luego le contásemos a las demás ardillitas y a ella misma de que trataba. Tenía novelas de aventuras, policiacas, de misterio, cuentos de miedo, fabulas, poesía… Yo me cogí un cuento para mí, y luego le pedí permiso para llevarle un libro de recetas a mi mamá.

Después, las diez ardillas nos fuimos a bañarnos a la orilla del rio Almendro, me contaron que los antiguos habitantes de Pingorotudo le pusieron ese nombre por un almendro que misteriosamente había salido en el mismo rio, y del que los vecinos cogían unas ricas y enormes almendras dulces. Su agua era tan cristalina que si mirabas para el suelo se podía ver perfectamente las chinaras del fondo y los renacuajos que vivían allí.

Me encontraba batallando con Maxi para hacerle una ahogadilla cuando llegó su padre llamándolo, se llamaba Jacinto y era el panadero de Pingorotudo. Lo buscaba para que le hiciera el inventario, quería saber lo que le hacía falta para todo un mes, y que luego fuera a la tienda para hacer el pedido. Me ofrecí para acompañarlo, hacía ya tiempo que tenía curiosidad por saber cómo se hacía el pan, así que me fui con él a la panadería después de ir a casa para avisar a donde iba y cambiarme de ropa.

Por el camino le pregunté a Maxi por el autobús, tenía interés por saber todo cuanto me pudieran contar. Maxi me dijo que la conductora se llamaba Clara, que era profesora y que en el verano se dedicaba a viajar con su particular autobús por todos los pueblecitos del monte para incentivar a la lectura y promover el conocimiento, que iba todos los veranos y los fines de semana durante el curso.
  
Dos sacos de harina, uno de levadura y medio de sal, eso era todo lo que había en el almacén de la panadería. Nos disponíamos a salir, cuando percibí que algo ligero tocaba mi espalda, Maxi me lanzaba puñados de harina, no pude resistirme a contestar con el mismo gesto. Jacinto se presentó de inmediato al escuchar el alboroto, luego castigó a Maxi y a mí me mandó para casa.

Por el camino me encontré a Tecla, una de las trillizas, se encontraba sentada en los pies de un pino leyendo un libro de poesía, lo miraba con cara extraña como si no entendiera lo que leía. Me acercaba a ella para preguntarle porque lo miraba de esa manera cuando escuché como mi mamá me llamaba, quería decirme que el almuerzo estaba listo. Al parecer llevaba rato buscándome, porque la comida empezaba a enfriarse.

Después de almorzar me eché la siesta un rato, y cuando me levanté, me senté en el porche a leer el libro mientras tomaba el fresco. Lo había escogido por sus dibujos y por su bonita portada. Se llamaba Siluetas de la noche y la protagonista era Martina, una niña que le tenía miedo a una extraña sombra que entraba por su ventana. No pude soltarlo hasta que no llegue al final donde descubrí que la sombra que se proyectaba en la pared era la de un palomo que iba a comerse las miguitas de pan que caían de su bocadillo. 

No había hecho más que cerrar el libro cuando escuché como alguien me llamaba, eran Obdulia, Bienvenida, y Tecla, las trillizas, que querían que jugásemos otra vez al escondite, y acepté irme con ellas, aunque solo fuera un rato, pronto era la hora de la cena, y mi mamá me advirtió que no llegara tarde, que se enfriaban las tortitas de castañas.

A la mañana siguiente mi mamá preparaba la cesta para irnos a pasar el día a la orillita del rio, cuando aún en la lejanía escuche que venía el autobús del conocimiento, su escandalosa bocina informaba de su llegada. Le pedí permiso para quedarme el tiempo que durase la lección, y que más tarde fueran a recogerme o si no yo mimo iría solo porque ya que me sabía el camino.

Esta vez fui el primero en la cola y pude ver como las trillizas se habían quedado al final, impacientes esperábamos a que abriese la puerta del autobús con el libro en la mano. Estábamos todas las ardillitas del día anterior, todas menos Maxi que debía de estar castigado por haber jugado con la harina.

Nos sentamos alrededor de la mesa, cada uno con su libro, luego comenzamos a contarnos unos a los otros lo que habíamos aprendido y porque motivos debíamos de leerlos. Más tarde jugamos a las adivinanzas y nos enseñó los primeros pasos para utilizar el ordenador. Antes de que nos fuéramos nos dijo los materiales que necesitábamos para hacer una cometa, ella misma nos iba a enseñar a construirla.

Las trillizas querían que fuera con ellas a jugar, pero mi papá me esperaba en la puerta del autobús para acompañarme al río. Mi mamá permanecía sentada en la orilla, con su bañador rosa de lunares verdes, dispuesta a meterse en el agua una vez que llegásemos, no lo había hecho antes porque no se había atrevido, no sabía nadar y se asustaba de bañarse sola.

Después de comer y de bañarnos un rato nos regresamos a casa, tenía que ir a comprar los materiales para la cometa, pero antes me decidí a llegar a casa de Maxi, quería saber por qué no había asistido al autobús del conocimiento. Llamé varias veces a la puerta, pero nadie me contestó, luego fui hasta la panadería y después de insistirle a su padre un rato, conseguí que lo dejara salir a jugar. Me acompañó hasta la casa de Petunia, una ardilla anciana que en su juventud cosía, y aún guardaba diversos muestrarios de telas. Las vecinas de Pingorotudo iban a su casa cuando querían que les ayudase a coser la ropa o necesitaban tela para hacerla, según Maxi la anciana no pondría impedimento en darnos un trozo de tela a cada niño para hacernos la cometa.

“Benito, ven a cenar” gritó mi mamá desde el porche mientras me despedía de Maxi, no me había percatado de lo pronto que se pasa el tiempo cuando te lo pasas bien. Habíamos conseguido todos los materiales necesarios para hacer la cometa y solo nos quedaba esperar a que llegase la mañana siguiente para comenzar a crearla.

La bocina avisaba con su clamoroso ruido que el autobús había llegado, todas las ardillitas corríamos a formar fila para entrar, pero esta vez había algo extraño, no solo estábamos las ardillitas, también habían asistido ardillas mayores, querían que Clara les prestara algún libro para leerlo. Las dejó pasar para que cogieran el que más les gustase y luego entramos nosotros los peques, que impacientes esperábamos en la puerta para comenzar a fabricar nuestra cometa.

Tardamos dos clases en crear nuestra particular cometa, luego todas las ardillitas nos salimos fuera para comprobar que volaban como pájaros en el cielo. La mía no era de las más bonitas, pero creo que me quedó bien, era de rallas de color marrón y blanco. La de Obdulia era la más notable, su color rosa claro con borlones azules cosidos en el filo la destacaba del resto. Me encontraba enrollando el hilo de mi cometa cuando aparecieron mis padres. 

Aquel fue mi último día en el Monte de Pingorotudo, a mi papá le había salido un trabajo para el verano en una heladería. El helado de nata con nueces no podría remplazar esos días tan maravillosas que pasé, pero tarde o temprano me tendría que volver a casa. Desde entonces he ido todas las semanas a la biblioteca, leo todo cuando cae en mis garras, y procuro asistir a charlas y talleres, en todo lugar he de aprender algo, y estoy sumamente contento porque mis padres me han prometido que volveremos las próximas vacaciones.

lunes, 30 de marzo de 2015

GINA SIGUE AL COGE PANTUFLAS



Gina permanecía sentada en un banco con su libreta de mariposas en la mano, esperaba encontrar entre los perros del parque al Coge Pantuflas. La única característica que conocía era su color, negro azabache con manchas blancas por la barriga. Su madre la observaba desde el grupo de cotilleo, los otros niños jugaban con bicicletas o con patines, a pillar o a cualquier juego improvisado que sus pequeñas mentes pudieran imaginar.

Se encontraba ensimismada en sus pensamientos, en apuntar cada detalle que pudiese servir a la hora de descubrir la guarida del perro, y no se dio cuenta de que Sofía se había puesto detrás de ella con un puñado de hojas secas en la mano para lanzárselas por encima. Gina se puso de pie, y tras recoger algunas hojas comenzó a correr detrás de su amiga.

Antes de que llegasen a tres metros del estanque su madre fue a buscarla. Luego, acompañaron a Sofía con su abuela y sus primas que jugaban junto al merendero. La abuela era una mujer muy cariñosa y amable que dedicaba los días festivos y las tardes a jugar con los nietos.

Una vez en casa abrió su pequeño cuaderno y leyó los datos apuntados. “1.- Azuqui: perra de pelo largo, blanco y marrón, orejas cortas, rabo largo y peludo. Igualita que Lasi. Acompaña a un niño mayor que yo, con cazadora azul marino y vaqueros claros. 2.-Cachorro de Cocker de color negro y blanco. Su amo, un señor mayor con sombrero y paraguas juega con él. 3.-Blando, el braco canela de mi profesora de gimnasia corre al lado de ella. 4.-Perra callejera de colores, despeinada y con pulgas.”

Cerró su cuaderno de notas y lo guardó en el cajón del escritorio, luego se asomó por la ventana,  había llegado la noche y una leve lluvia mojaba las calles solitarias. Su madre la esperaba con la bañera preparada, justo como a ella le gustaba con su patito de plástico y mucha espuma. Después de cenar se durmió con su cojín de princesas.

A la mañana siguiente se levantó con la misma obsesión del día anterior, encontrar al perro que se comió su zapatilla de casa. Antes de irse al colegio guardó su libreta en el abrigo, luego se subió en el coche y por el camino mientras que su madre estaba atenta a los peatones y a los vehículos ella espiaba con su mirada interrogante cada rincón de las calles.

Al llegar al colegio encontró clavado en un árbol un papel que informaba de un concurso de canes, esa misma tarde a las siete en el polideportivo municipal. En el recreo convenció a Sofía para que la acompañase al espectáculo con la debida supervisión de su abuela y el respaldo de sus primas.

Una vez que llegaron a las instalaciones municipales comenzó a llover, resguardadas del frío de la calle y de la lluvia disfrutaron del paseíllo de los perros, de cada prueba que debían de realizar con la inspección de los jueces y con el sucesivo acompañamiento de sus dueños. 

Al llegar a casa subió a su cuarto y abrió el cuaderno. “PRIMER CONCURSO DE CANES CON ALTO PEDIGRÍ” polideportivo municipal, avenida piedad nº 1. Quince preciosos participantes, dos de ellos completamente negros, ninguno con manchas. Sigue la búsqueda.” Luego se acercó a la estantería, cogió una caja de cartón y sacó la pareja de la zapatilla que andaba buscando. La guardaba celosamente bajo papel de periódico, una perrita con sus pelitos suaves y rosas como el primer día. De la boca sonriente le salía una graciosa lengüecilla y la trufa permanecía torcida igual que cuando la estrenó. Eran las zapatillas infantiles más bonitas que había tenido. Su mamá buscó en las tiendas, pero no encontró otras iguales ya que se habían agotado.

Con la zapatilla en la mano se asomó a la ventana, había escuchado un ladrido, abrió la puerta y asombrada por la llegada de la perra pulgosa casi pierde su otra zapatilla. Inmediatamente salió corriendo, su madre la siguió a pocos pasos, y tirada en el asfalto permanecía sucia tras haber caído en un charco, recogió la zapatilla justo cuando el perro pulgoso del parque se iba a aproximar para llevársela de nuevo, -Largo, pulgas- le dijo con desprecio y el cucho corrió despavorido. Luego la dejó en el baño, en el cesto de la ropa sucia, se bañó y fue ayudar a su madre en la cocina. Mientras lavaba los tomates en el fregadero llegó su padre muy contento con un paquete en las manos, su papel estampado indicaba que traía un regalo.

-¿Es para mí? ¿Es un regalo?- preguntó Gina. -Es para mi pequeña princesa ¿La conoces? Es una niña muy bonita de pelo rizado y cara de muñeca- Contestó el padre.  -Sí mi mamá es la reina de esta casa, a mí me toca ser la princesa. Dame mi regalo. - Dijo Gina arrebatándoselo de las manos.

Sorpresa la suya al ver que en la caja había unas zapatillas de casa. Eran incluso más bonitas que las que había perdido, con un pequeño taconcito y unas perlitas blancas que la rodeaban. Gina las aceptó con una mueca, luego se las puso y paseó por toda la cocina mientras mecía su gracioso cuerpecillo.

Una vez en su cuarto, a solas, se las quitó de un puntapié y las miró de reojo, le seguían gustando más las otras. No podía olvidar así sin más, se recostó en la cama y comenzó a recordar como sucedió todo. Poco a poco analizó lo ocurrido en aquella tarde en la que un arrebato de niña chica, de rabieta, salió su zapatilla derecha lanzada por la ventana, y como al asomarse vio al perro que se la llevaba.

A la mañana siguiente volvió a guardar su libreta de mariposas en el abrigo del colegio, necesitaba recoger más información. De camino, en el coche le pareció ver al Coge Pantuflas en un callejón cerca de su casa, estaba rebuscando en una bolsa de basura al lado de un contenedor. Lo miró fijamente y descubrió en él las manchas blancas de la barriga. Por fin lo había encontrado.

Después de clase se fue con Sofía, con la abuela y sus primas. Había convencido a su madre de que la dejase pasar toda la tarde con ellas. Merendaron en la confitería de la esquina unas deliciosas tartaletas de frambuesa y un batido de chocolate. Luego fueron a jugar al parque, y se juntaron con otros niños del colegio para darle de comer a los patos del estanque, más tarde, Gina regresaba a casa acompañada de sus amigas.

Al pasar por el lugar donde había visto por última vez al Coge Pantuflas salió corriendo, llegó hasta el contenedor, y no se atrevió a dar un paso más, había oído un ladrido detrás de ella, las niñas la llamaron y la abuela a gritos intentó ahuyentar a la perra pulgosa que le ladraba a Gina. Al rodearse vio que era la misma que intentó quitarle su otra zapatilla. Se enfrentó a ella lanzándole una de sus bailarinas, pero no dejó de ladrarle, entre tanto llegó el perro negro para acompañar a su aliada.

Unos pequeños lamentos surgían de detrás del contenedor, caminando hacia atrás llegó hasta el ruido, y entre cachorros hambrientos encontró su ansiado tesoro. Su zapatilla de perrito calentaba a otros dos de verdad. Se aproximó a recogerla cuando uno de estos le lamió la mano y no pudo evitar acariciarlo. La abuela de Sofía y las niñas la llamaban a gritos mientras que los papás de los perritos seguían con sus contundentes ladridos.

Gina en un arrebato de valentía cogió el palo roto de una fregona y comenzó a lanzárselo a los perros consiguiendo salir del callejón. De camino a casa la abuela le echó la bronca, pero ella no la atendió, estaba demasiado contenta como para escucharla. -Por favor no le diga nada a mi mamá- fueron sus únicas palabras.

A la mañana siguiente después de desayunar fue a su cuarto y abrió la libreta para repasar el plan de rescate que había planeado durante la noche. Todo estaba meticulosamente dispuesto, solo faltaba ejecutarlo. Abrió el armario, se pudo el chándal y las zapatillas de deporte, se recogió su precioso pelo en una coleta, cogió el chaquetón enguatado y la mochila del cole, luego fue a la cocina y tras tomar el desayuno salió a la calle donde la esperaba su amiga Sofía.

Fueron hasta el callejón, el Coge Pantuflas devoraba los restos de un bocadillo de mortadela y la perra pulgosa amamantaba a sus pequeños. Escondidas tras un árbol esperaron a que el papá de los cachorros se fuese a dar una vuelta. Al rato de marcharse sacó de la mochila un trozo de biscocho y se lo lanzó lo bastante lejos a la mamá como para poder acercarse a sus crías. Una vez en sus manos acariciaron su lomo blanco de manchas negras, las pulgas se dejaban entrever en su pelo, pero las niñas no lo tomaron en cuenta y los escondieron en la mochila. Antes de irse, Gina le dejó en el suelo su otra zapatilla.