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jueves, 30 de octubre de 2025

EL JARDÍN NOCTURNO



Sofía y su abuela Natalia paseaban por el jadín como cada noche, el lugar más bonito de la casa, su cuidada delicadeza formada por diferentes variedades de flores tanto temporales como perennes, los árboles frutales con casitas para pájaros y para avispas, la fuente central que siempre lucía iluminada en la oscuridad, y luego ellas, que caminaban su cómplice compañía continuando con las historias nocturnas de las últimas vacaciones.

Sentadas en el banco junto a la puerta del invernadero con música de piano sonando de fondo para que las plantas puedan crecer con mayor esplendor comenzó la abuela a relatar la enseñanza de aquella noche.  

Hoy le toca el turno a la vida de la mariquita, su ciclo tiene tres partes después de romper el huevo, primero se convierte en larva, luego se llama pupa y por último se transforma en se bichito rojo de puntitos negro que todos conocemos, cuando es adulta se alimenta del pulgón que vive en algunas plantas aromáticas como es el romero, la menta o el perejil, ¿A caso cuando te has encontrado alguna no estaban junto al cercado de los arbustos? -relataba mientras se abanicaba con un paipay. 

-Si abuela, siempre las veo por allí, pero hoy, había una nadando en el agua junto al borde del estanque de los patos, uno casi se la come, pero la alcancé justo antes, y una vez que se secaron sus alas huyó. 

-Ya estas advertida que no puedes acercarte sola al recinto de mamá pata, aún no sabes nadar bien, y aunque tiene poca agua es mejor que te mantengas lejos, además, como sabes, ya hemos hablado antes de la cadena alimenticia y algunos seres vivos nacer para alimentar a otros, y así continuar la cadena. - apostillaba la abuela mientras cerraba el soplillo y se levantaba para estirar las piernas. 

Sofía la siguió saltando a la pata coja antes de detenerse junto a unas gitanillas que  comenzaban a marchitarse. 

-Abuela, y las flores ¿Por qué se mueren? 

-La belleza de las flores también tiene su recorrido, y como todo un fin, luego nacen otras y la vida continúa, recuerda que tienes que cuidar de ellas, que si las riegas, les quitas las malas hierbas y les pones una música bonita de fondo crecerán mejor, pero, aunque las cuides mucho no podrás evitar que un día dejen de lucir su belleza y palidezcan antes de morir. Vámonos a la cama que es tarde, mañana continuaremos. 

-Vale, pero déjame coger una ramita de dama de noche para mi cuarto. - y se adentraron en la casa una con su paso lento, la otra, saltando.  

 

Ya había amanecido y Natalia terminó de dar los últimos retoques a la pintura en la que estaba inmersa, las flores del cactus solo abrían en la noche esperando a que las mariposas nocturnas la polinizaran para seguir reproduciéndose, cuando llegaba el día aún quedaba parte de esa belleza efímera antes de que sus pétalos se cerraran, y cayesen al suelo mustios. La casa repleta de cuadros pintados por ella representaba sus dos grandes pasiones, las mismas que inculcaba a Sofía junto con la lectura que entre las sombras frescas del jardín ocupaban sus horas, pero la abuela tenía un secreto que pronto sería descubierto. 

  

Pasaron un par de días más, picnic bajo el sauce llorón, bicicleta por el sendero hacia la casa de las flores donde compraron algunas semillas y abono orgánico, unos helados en la cafetería del pueblo y su inseparable charla informativa de todo aquello que Sofía ignoraba sobre botánica y pintura entre otras cosas. Pero, después llegó aquella noche que trajo un día muy distinto al resto, Natalia descansaba en su cama para siempre, había muerto con la sonrisa en el rostro del que ha cumplido sus sueños. En el cajón del escritorio había dejado un último regalo que Sofía debía de recibir y su esposo era el encargado para ello. 

 

Se sentó en el banco de la tertulia nocturna y abrió el inmenso sobre que contenía un  comic y una carta.  

Querida mía; 

Perdona por no haberte dicho nada, pero no quería que estuvieses triste, no llores por mí, mi ciclo ha terminado, ahora descansaré en la tierra igual que descansan los pétalos en el jardín, la vida fluye allá donde mires, y siempre que me eches de menos huele esas rosas blancas perfumadas, esas que dices que huelen a mí, y cuida de nuestro jardín ayudando con ello a tu abuelo, ese hombre tan guapo que eternamente te hará sonreír. 

A pesar de las dulces advertencias de su abuela, no pudo evitar que un par de lágrimas resbalaran por su rostro mientras apretaba aquel último presente en su pecho, abrió el comic y ahí estaban ellas pintadas en acuarela, sus paseos, sus historias, sus risas, meriendas caprichosas y todos los demás recuerdos que comprenderían su último verano juntas. Miró hacia el interior del vivero y observó una tristeza generalizada en el ambiente, las plantas no lucían alegres, abrió la puerta de cristal, seleccionó Serenade de Schubert y comenzó a regalas con la delicadeza que le habían enseñado, luego abrió el arca donde guardaban las pinturas y los lienzos, cogió uno en banco, sacó el caballete al jardín, cerró los ojos, sintió la música y comenzó a pintar a su abuela acariciando las petunias mientras la madre selva cubría parte de sus piernas, las enredaderas bailaban con el viento, querían quitarle el sombrero que cubría sus canas plateadas y todos los bichitos de sus historias andaban por entre su vestido de florecillas buscando un sitio donde cobijarse. 

  

A lo lejos pudo ver cómo la gente llegaba para dar el último adiós, recogió todo y entró una vez más para cambiar aquella melodía triste por El Dúo de la Flores de Lakme, luego, con el cuadro en una mano y el caballete en la otra entró en la casa. Sus padres la estaban buscando para que usase otro atuendo más apropiado, pero ella no quiso vestirse de negro, y se aproximó a la sala donde velaban el cuerpo, junto al féretro el último cuadro que pintó, aquellas flores de cactus que simbolizan lo etéreo de la vida, y junto a él situó la escena que ella había pintado para darle las gracias por todo lo que en aquellas semanas le había enseñado. 

lunes, 30 de marzo de 2015

GINA SIGUE AL COGE PANTUFLAS



Gina permanecía sentada en un banco con su libreta de mariposas en la mano, esperaba encontrar entre los perros del parque al Coge Pantuflas. La única característica que conocía era su color, negro azabache con manchas blancas por la barriga. Su madre la observaba desde el grupo de cotilleo, los otros niños jugaban con bicicletas o con patines, a pillar o a cualquier juego improvisado que sus pequeñas mentes pudieran imaginar.

Se encontraba ensimismada en sus pensamientos, en apuntar cada detalle que pudiese servir a la hora de descubrir la guarida del perro, y no se dio cuenta de que Sofía se había puesto detrás de ella con un puñado de hojas secas en la mano para lanzárselas por encima. Gina se puso de pie, y tras recoger algunas hojas comenzó a correr detrás de su amiga.

Antes de que llegasen a tres metros del estanque su madre fue a buscarla. Luego, acompañaron a Sofía con su abuela y sus primas que jugaban junto al merendero. La abuela era una mujer muy cariñosa y amable que dedicaba los días festivos y las tardes a jugar con los nietos.

Una vez en casa abrió su pequeño cuaderno y leyó los datos apuntados. “1.- Azuqui: perra de pelo largo, blanco y marrón, orejas cortas, rabo largo y peludo. Igualita que Lasi. Acompaña a un niño mayor que yo, con cazadora azul marino y vaqueros claros. 2.-Cachorro de Cocker de color negro y blanco. Su amo, un señor mayor con sombrero y paraguas juega con él. 3.-Blando, el braco canela de mi profesora de gimnasia corre al lado de ella. 4.-Perra callejera de colores, despeinada y con pulgas.”

Cerró su cuaderno de notas y lo guardó en el cajón del escritorio, luego se asomó por la ventana,  había llegado la noche y una leve lluvia mojaba las calles solitarias. Su madre la esperaba con la bañera preparada, justo como a ella le gustaba con su patito de plástico y mucha espuma. Después de cenar se durmió con su cojín de princesas.

A la mañana siguiente se levantó con la misma obsesión del día anterior, encontrar al perro que se comió su zapatilla de casa. Antes de irse al colegio guardó su libreta en el abrigo, luego se subió en el coche y por el camino mientras que su madre estaba atenta a los peatones y a los vehículos ella espiaba con su mirada interrogante cada rincón de las calles.

Al llegar al colegio encontró clavado en un árbol un papel que informaba de un concurso de canes, esa misma tarde a las siete en el polideportivo municipal. En el recreo convenció a Sofía para que la acompañase al espectáculo con la debida supervisión de su abuela y el respaldo de sus primas.

Una vez que llegaron a las instalaciones municipales comenzó a llover, resguardadas del frío de la calle y de la lluvia disfrutaron del paseíllo de los perros, de cada prueba que debían de realizar con la inspección de los jueces y con el sucesivo acompañamiento de sus dueños. 

Al llegar a casa subió a su cuarto y abrió el cuaderno. “PRIMER CONCURSO DE CANES CON ALTO PEDIGRÍ” polideportivo municipal, avenida piedad nº 1. Quince preciosos participantes, dos de ellos completamente negros, ninguno con manchas. Sigue la búsqueda.” Luego se acercó a la estantería, cogió una caja de cartón y sacó la pareja de la zapatilla que andaba buscando. La guardaba celosamente bajo papel de periódico, una perrita con sus pelitos suaves y rosas como el primer día. De la boca sonriente le salía una graciosa lengüecilla y la trufa permanecía torcida igual que cuando la estrenó. Eran las zapatillas infantiles más bonitas que había tenido. Su mamá buscó en las tiendas, pero no encontró otras iguales ya que se habían agotado.

Con la zapatilla en la mano se asomó a la ventana, había escuchado un ladrido, abrió la puerta y asombrada por la llegada de la perra pulgosa casi pierde su otra zapatilla. Inmediatamente salió corriendo, su madre la siguió a pocos pasos, y tirada en el asfalto permanecía sucia tras haber caído en un charco, recogió la zapatilla justo cuando el perro pulgoso del parque se iba a aproximar para llevársela de nuevo, -Largo, pulgas- le dijo con desprecio y el cucho corrió despavorido. Luego la dejó en el baño, en el cesto de la ropa sucia, se bañó y fue ayudar a su madre en la cocina. Mientras lavaba los tomates en el fregadero llegó su padre muy contento con un paquete en las manos, su papel estampado indicaba que traía un regalo.

-¿Es para mí? ¿Es un regalo?- preguntó Gina. -Es para mi pequeña princesa ¿La conoces? Es una niña muy bonita de pelo rizado y cara de muñeca- Contestó el padre.  -Sí mi mamá es la reina de esta casa, a mí me toca ser la princesa. Dame mi regalo. - Dijo Gina arrebatándoselo de las manos.

Sorpresa la suya al ver que en la caja había unas zapatillas de casa. Eran incluso más bonitas que las que había perdido, con un pequeño taconcito y unas perlitas blancas que la rodeaban. Gina las aceptó con una mueca, luego se las puso y paseó por toda la cocina mientras mecía su gracioso cuerpecillo.

Una vez en su cuarto, a solas, se las quitó de un puntapié y las miró de reojo, le seguían gustando más las otras. No podía olvidar así sin más, se recostó en la cama y comenzó a recordar como sucedió todo. Poco a poco analizó lo ocurrido en aquella tarde en la que un arrebato de niña chica, de rabieta, salió su zapatilla derecha lanzada por la ventana, y como al asomarse vio al perro que se la llevaba.

A la mañana siguiente volvió a guardar su libreta de mariposas en el abrigo del colegio, necesitaba recoger más información. De camino, en el coche le pareció ver al Coge Pantuflas en un callejón cerca de su casa, estaba rebuscando en una bolsa de basura al lado de un contenedor. Lo miró fijamente y descubrió en él las manchas blancas de la barriga. Por fin lo había encontrado.

Después de clase se fue con Sofía, con la abuela y sus primas. Había convencido a su madre de que la dejase pasar toda la tarde con ellas. Merendaron en la confitería de la esquina unas deliciosas tartaletas de frambuesa y un batido de chocolate. Luego fueron a jugar al parque, y se juntaron con otros niños del colegio para darle de comer a los patos del estanque, más tarde, Gina regresaba a casa acompañada de sus amigas.

Al pasar por el lugar donde había visto por última vez al Coge Pantuflas salió corriendo, llegó hasta el contenedor, y no se atrevió a dar un paso más, había oído un ladrido detrás de ella, las niñas la llamaron y la abuela a gritos intentó ahuyentar a la perra pulgosa que le ladraba a Gina. Al rodearse vio que era la misma que intentó quitarle su otra zapatilla. Se enfrentó a ella lanzándole una de sus bailarinas, pero no dejó de ladrarle, entre tanto llegó el perro negro para acompañar a su aliada.

Unos pequeños lamentos surgían de detrás del contenedor, caminando hacia atrás llegó hasta el ruido, y entre cachorros hambrientos encontró su ansiado tesoro. Su zapatilla de perrito calentaba a otros dos de verdad. Se aproximó a recogerla cuando uno de estos le lamió la mano y no pudo evitar acariciarlo. La abuela de Sofía y las niñas la llamaban a gritos mientras que los papás de los perritos seguían con sus contundentes ladridos.

Gina en un arrebato de valentía cogió el palo roto de una fregona y comenzó a lanzárselo a los perros consiguiendo salir del callejón. De camino a casa la abuela le echó la bronca, pero ella no la atendió, estaba demasiado contenta como para escucharla. -Por favor no le diga nada a mi mamá- fueron sus únicas palabras.

A la mañana siguiente después de desayunar fue a su cuarto y abrió la libreta para repasar el plan de rescate que había planeado durante la noche. Todo estaba meticulosamente dispuesto, solo faltaba ejecutarlo. Abrió el armario, se pudo el chándal y las zapatillas de deporte, se recogió su precioso pelo en una coleta, cogió el chaquetón enguatado y la mochila del cole, luego fue a la cocina y tras tomar el desayuno salió a la calle donde la esperaba su amiga Sofía.

Fueron hasta el callejón, el Coge Pantuflas devoraba los restos de un bocadillo de mortadela y la perra pulgosa amamantaba a sus pequeños. Escondidas tras un árbol esperaron a que el papá de los cachorros se fuese a dar una vuelta. Al rato de marcharse sacó de la mochila un trozo de biscocho y se lo lanzó lo bastante lejos a la mamá como para poder acercarse a sus crías. Una vez en sus manos acariciaron su lomo blanco de manchas negras, las pulgas se dejaban entrever en su pelo, pero las niñas no lo tomaron en cuenta y los escondieron en la mochila. Antes de irse, Gina le dejó en el suelo su otra zapatilla.

martes, 30 de agosto de 2011

UNA BRUJA CON PIES DE GATO

Como un gazapo escondido, Tatiana se ocultaba con sus vivos ojos verdes mientras se  asomaba por una rajita de la puerta. Observaba que nadie la interrumpiera, mordisqueaba una ristra de chorizo, debía parar de comer porque se iba a notar mucho el hueco que estaba haciendo en la despensa, al menos por ese día ya estaba servida. Salió de la despensa, y cogió un vaso de agua, y luego se acercó a las macetas de la ventana, donde tenían sembradas varias plantas aromáticas, cogió unas hojas de menta y las mordisqueó, luego las tiró al cubo de la basura y fue a la habitación de Paula.

Escuchó pasos por las escaleras, y de inmediato se situó enfrente del libro de lengua, debía estudiar la lección para el lunes siguiente, y eso parecía hacer. Paula abrió la puerta, venía con varios libros de Geografía que había cogido del despacho de su padre. Siempre hacían los deberes juntas, estaban en la misma clase y lo compartían todo, lo que era de una también era de la otra.

Concha entró en la habitación para ofrecerles un batido de fresa y un sándwich de crema de chocolate, y las dos aceptaron el tentempié. Tatiana no renunciaría nunca a un manjar tan delicioso, le fascinaba el chocolate. Mientras devoraba el sándwich se acordó de los dos chorizos que se había comido antes, pero daba igual, a ella no se le notaría, y ya pasaba bastante hambre en su casa. Sus padres eran vegetarianos, y ella también, al menos de cara a los demás, porque cuando podía comía cuanto le apetecía.

Tatiana era como un alfiler, su constitución delgada y su dieta estricta la hacían débil. Para comer, verduras y pasta, de postre frutas y algún yogur de vez en cuando. Apenas la dejaban comer chuches porque no le duraban los empastes nada. Sin embargo Paula lucia unas pantorrillas generosas, su madre la dejaba comer lo que quisiera, siempre que se comiera también las verduras, su dieta era más alegre. La mamá de Paula pasaba por alto que los padres de Tatiana no le dieran a su hija chocolate, ¿Que tenía de malo que la pequeña Tatiana comiera algo dulce?  ¿Acaso no es necesaria también la grasa animal y el azúcar? Al parecer los padres de Tatiana no entendían eso, y Tatiana buscaba las oportunidades de zampar a su gusto, cuando pillaba una despensa sin vigilancia.

Después de hacer los deberes se fueron a la calle a jugar a la comba hasta que la mamá de Tatiana la llamó para cenar. Otra vez tocaba ensalada con judías verdes, esta vez se negó a comérselas ya estaba harta de tantas judías. Insistiendo en no probar bocado, la madre estaba dispuesta a prepararle una tortilla de patatas, pero el padre se negó en rotundo, colocándole a Tatiana el plato de judías de sombrero. La niña enfadada se fue corriendo a su cuarto, llorando dolorida por la incomprensión de sus padres, ella quería comer de todo y no sabía como se lo iba a decir. Al rato cuando el padre estaba dormido Tatiana bajó a la cocina, allí estaba su madre tomando un vaso de agua, la ignoro, y no porque no le quisiera dar algo de cenar, se hizo la desentendía y la dejó sola en la cocina  para que comiera lo que quisiera, contando con lo poco apetecible del frigorífico.

A la mañana siguiente iría de visita a la casa de su abuela Nati, la oportunidad perfecta de seguir probando los manjares prohibidos. Mientras los mayores estaban en el salón charlando de sus temas, Tatiana jugaba con su prima Macarena de cuatro años y su primo Daniel de cinco, ella al ser la mayor casi siempre decidía a que jugar, primero jugaron al escondite, su prima Macarena se la quedaba, mientras contaba hasta diez, Daniel se escondió detrás de la casita de cucurucho el chihuahua de la abuela Nati y Tatiana aprovecho para esconderse en la despensa, mientras su prima la buscaba cerca del jardín ella estaría en la cocina probando de la cazuela de la abuela, siempre tenía casi toda la comida preparada antes de que sus hijos llegaran. Y teniendo esta información debía aprovecharla, como sus tíos y sus primos no eran vegetarianos la abuela preparaba puchero para almorzar, y de aperitivos jamón, croquetas, pinchitos, morcilla, chorizo… y como no podía faltar, ensalada y pasta para los vegetarianos.

Mientras sorbía una cucharada más de la cazuela, y comía una loncha más de jamón, escuchó cerca la voz de la abuela, los pasos indicaban que estaba cada vez más cerca, y ahora, ¿ Cómo escapar?, movió un cesto de patatas y encontrando un hueco se escondió entre patatas y ajos. Su abuela entro en la cocina, y Tatiana rezaba para que no fuera a la despensa, en todo esto Macarena entró en la cocina preguntándole a la abuela si había visto a su prima, no había rastro de ella. Mientras, Tatiana se reía entre patatas y ajos, su abuela que necesitaba la cesta de los huevos para ir a recogerlos al gallinero, casi la pilla riendo. Pero la anciana que era miope no la vio, le pareció oler la colonia de princesas que ella misma le había regalado por su cumpleaños. Así que comenzó a llamarla, la abuela se acercó a la ventana para vigilar si Macarena la había encontrado, y entonces con sigilo Tatiana salió de la despensa y se escondió debajo de la mesa de la cocina y salió precipitadamente para asustar a la abuela, y hacerle creer que estaba allí escondida.

Luego se fue corriendo para el jardín, y cucurucho comenzó a lamerle las manos, Daniel y Macarena le preguntaron que había estado haciendo para tener tanta grasa, y ella descarada le dijo que había estado ayudando a la abuela en la cocina y se la había olvidado lavarse las manos. Entonces se acercó a la fuente del jardín y llamó a sus primos les dijo que dentro del estanque había un pez, y cuando se acercaron comenzó a salpicar a sus primos iniciando una guerra de agua, Tatiana entre tanto aprovechaba de vez en cuando para beber, el jamón le comenzaba a pedir agua, y no vio otra escusa mejor para saciar su sed.

La abuela salió del gallinero con toda la cesta colmada de huevos, había pensado hacer un pastel para la merienda. Tatiana animó a sus primos a ayudar a su abuela a hacer el pastel. Mientras la abuelita ponía las claras a punto de nieve, Tatiana horneaba el biscocho en el horno y sus primos cortaban con mucho cuidado las fresas para el adorno. Llamaron a la puerta del jardín, era Benita la vecina de enfrente que necesitaba limones para un asado, la anciana acompañó a su vecina hasta el limonero. Mientras, Tatiana dispuso en el fuego una cazuela para deshacer el chocolate que más tarde bañaría la tarta. Entonces escondió el guante del horno, y el bizcocho estaba a punto, incitó a sus primos para que la ayudaran a buscarlo, y cuando estaban despistados cogió cuatro cuadraditos de chocolate y los guardó en el bolsillo para comérselas luego. Aparentó sorpresa cuando encontró el guante que ella misma había escondido, por fin llegó la abuela, y sacó el bizcocho del horno justo antes de que se chamuscara.

Una vez terminada la tarta, la abuela sacó de la despensa el puchero y lo puso a calentar, Tatiana decidió ir al baño, debía comerse el chocolate antes de que se le derritiera. Cuando abrió la tapa de la cazuela cuatro garbanzos solitarios acompañaban a un trozo de tocino, la abuela se echó las manos a la cabeza “¿Qué le ha pasado al cocido?” mientras se dirigía al salón donde Cipriano el abuelo estaba conversando con el resto de la familia.

Macarena y Daniel se asomaron a la cazuela, y se echaron a reír, a ellos no les gustaban las legumbres, su plato favorito eran los huevos fritos. Luego corrieron al salón querían saber quien se había zampado el cocido. La abuela pensó que había sido su marido, y mientras los mayores averiguaban Macarena se acordó de que cucurucho lamió las manos de Tatiana porque tenían pringue. En todo esto apareció Tatiana por la puerta limpiándose la boca.

“Yo tengo una teoría” dijo Macarena “ La abuela un día me contó que hay una bruja mágica que se cuela incluso por las rendijas de la puerta, ¿Y si esta bruja estaba hambrienta? Tal vez esté ahora presente y no la podamos ver.” Mientras contaba esta fantasía la niña observaba a su prima, pero esta aun degustaba el sabor que le había dejado el chocolate y no prestaba atención. Los allí presentes no tomaron en serio a la niña, y las mamás de los niños fueron a la cocina para seguir averiguando. Casualmente la comida de los vegetarianos estaba completa, a aquella bruja le gustaba la carne.

La abuela preparaba espaguetis para todos, y repartía los manjares en la mesa. Los niños ayudaban a la abuela como de costumbre, Tatiana escondida se reía de todos ellos, pensaba que nadie se había dado cuenta. Y comenzaba a relamerse pensando en el pastel.

Después de comer, los hombres se fueron a ver un partido de futbol en la televisión, mientras ellas revisaban el jardín para trasplantarlo por completo, la anciana pedía a sus hijas y a su nuera consejo sobre las plantas que iba a poner nuevas. Los tres niños se fueron a la habitación de la abuela y se acostaron a dormir la siesta, cuando llevaban un rato Tatiana observó que Daniel roncaba como un tronco y Macarena dormía plácidamente con su boca abierta. Así que decidió ir al frigorífico y probar el pastel. Macarena que se hacia la dormida siguió a su prima hasta la cocina, estaba casi metida en el frigorífico, con la cabeza encima del pastel, se lo comía a mordiscos, sin cuchara para no dejar pistas, pero su prima que la observaba salió por la misma puerta que había entrado y recorrió toda la casa, hasta llegar al jardín. “Tenéis que venir a la cocina, la bruja está allí, se está zampando el pastel” dijo la niña alentándolas.

“Tatiana, tus caries, que vergüenza” dijo la madre, mientras ésta señalaba para la puerta, “Ahora mismo se acaba de ir un gato pardo que se estaba comiendo la tarta” dijo Tatiana que no se había percatado de que su boca manchada de chocolate, nata y fresas la delataba. “Ya está bien de mentiras ,confiesa que  también te has comido el almuerzo de todos, bribona” dijo Macarena enfadada, su prima no había dejado croquetas bastantes y no había conseguido probarlas.

La niña comenzó a llorar, no por la regañina sino porque le dolía la tripa, había comido demasiado, llevaba dos días atiborrándose y su estómago no daba para más. De pronto comenzó a vomitar todo lo que faltaba en la despensa. La recostaron en el sofá y su abuela le preparó una manzanilla para limpiarle la barriguita. Entre lágrimas y lamentos, confesaba su delito, y también lo cansada que estaba de comer siempre lo mismo.