El grito en el cielo puse un sencillo amanecer, pues mi cuerpo estaba cubierto de pergaminos sin leer. Al despertar estos manuscritos encontré, su rúbrica delataba su proceder, siendo la caligrafía de mi poder. Expresaban toda una vida de sueños, experiencias, pensamientos y lo más importante lo que quedaba por vivir. He tapizado mi cuarto con las letras que aquel día escribí. Para no olvidar los objetivos, ni los sueños por vivir.

miércoles, 30 de mayo de 2012

PEZ DE PLATA


En la playa de Amadores la luz de la noche viste de tristes momentos a Pepe, que sentado en la arena mira con detenimiento el cambio que ha sufrido su cartera, ha pasado de tener varios billetes de cincuenta a no tener nada.

A varios metros unos muchachos hacen botellón en la playa, son la única compaña que encuentra, se acerca a ellos y les pide un trago, una joven le invita a sentarse al lado del fuego, parece cansado y hambriento. Le invitan a una cerveza mientras que él les cuenta lo que le ha ocurrido.  

Salía de una reunión importante con un futuro cliente, contento por haber cerrado un contrato de venta. Fabricaría una cantidad considerable de joyas especialmente diseñadas para su nuevo cliente. Este trato le iba a reportar un escalón más en su prestigio además de un buen puñado de billetes.

A la salida se subió en su coche para dirigirse al hotel Gloria de Mogán, donde tenía una habitación reservada para dos días. Había pensado en dejar el equipaje, tomar un descanso y más tarde dar una vuelta por alguna de las maravillosas playas de Mogán. Necesitaba descansar después de haber conducido desde Córdoba a Cádiz y haber cogido el ferri hasta las Palmas de Gran Canarias.

Distraído observaba el semáforo en rojo cuando un individuo abrió la puerta y se subió al coche amenazándolo con un cuchillo. El semáforo cambio de color y el indeseado acompañante le indicó que girase a la derecha, tras una larga travesía le aconsejó que  detuviera el coche en un callejuela si quería salir de allí con vida.

Antes de bajarse del coche, le registró los bolsillos, quitándole todo el dinero que llevaba en la cartera, luego la lanzó por la ventanilla. El ladrón lo amenazó para que bajase del coche, Pepe se negaba a hacerlo, y el delincuente le apretó el afilado cuchillo al cuello. Antes de bajarse le preguntó - ¿Por qué me robas mi viejo mercedes habiendo tantos coches de lujo por la zona? - El rufián le contestó -Lo que me interesa de ti no es tu coche, aunque te lo robaré de todos modos, lo que quiero es la maleta de joyas que has traído. El otro día escuché en la multinacional de diseños de moda, que un importante joyero cordobés iba a tener una reunión con el director para comprarle joyas. Hoy me posicioné en la puerta hasta que te vi llegar, y esperé tu salida, vi como guardabas la maleta de joyas en el coche, y luego te seguí. Y ahora, bájate.-

Éste era el motivo de su pesar, que después de un largo viaje le habían robado y la policía no le había dado esperanzas de encontrar sus joyas. Sin su coche, sin joyas y con los bolsillos vacíos no le había quedado nada, ese maldito ladrón lo había dejado en la calle, y en la playa de Amadores había encontrado su refugio para aquella noche de verano.

Los jóvenes decidieron marcharse a casa, pero antes de irse le prestaron un teléfono para que llamase a su familia y les contase lo sucedido y así pudieran acudir en su ayuda. Mientras Pepe charlaba, uno de ellos fue hasta el bar más cercano y le llevó un bocadillo.

Pasaron las horas, la lumbre estaba casi apagada y Pepe permanecía dormido. De pronto un escalofrío envolvió su cuerpo, una brisa fresca lo había despertado, se incorporó y asombrado miraba algo fascínate que brillaba ante sus ojos. Había algo en el agua que resplandecía aún mas que la propia luna.

A paso lento caminaba por la arena hacia el agua, aquel ser de luz parecía nadar, se acercó lo bastante para comprobar que tenía ante sus ojos a una sirena. No pudo apartar la vista de ella, su silueta seductora, su cola llena de diminutos brillos lo habían cautivado. No pudo evitarlo, y sus pies como si no tuvieran amo comenzaron a caminar. Después de que el agua le llegara al cuello comenzó a nadar hacia ella.

A la mañana siguiente cuando despertó estaba tumbado al lado del fuego, se sentó y miró para el horizonte, en la lejanía parecía brillar algo. Se puso de pie y observó con detenimiento como una boya flotaba en el agua. Todo debía de haber sido un sueño, era demasiado bella para ser real.

Antonio su hermano pequeño lo esperaba en una placita cerca de la playa para acompañarlo de vuelta a casa. Se hospedaron en el hotel donde Pepe tenía reservado y al día siguiente regresaron a Córdoba.
Una vez en su casa permanecía adormecido en el sofá y en sus sueños volvió a aparecer la sirena, su brillo, su belleza, su cola de luces de plata. Una llamada de teléfono lo despertó del maravilloso sueño, la policía había cogido al ladrón mientras intentaba vender en una casa de empeños las joyas robadas.

De nuevo en su memoria brillaba la imagen de la sirena, cogió papel y lápiz, y comenzó a dibujar lo que sería su joya más preciada. El oro blanco dibujaría la silueta de la cola de una sirena, mientras que en su interior pequeños trozos de ágata de colores la rellenarían en forma de mosaico.

Pasaron los días, y Pepe volvió a Mogán para enseñarle a su cliente el catálogo de las nuevas joyas, una vez terminada la reunión fue hasta la playa, se quitó el traje y lo soltó en la arena, luego comenzó a nadar hasta la boya, una vez allí cogió el colgante que había diseñado y lo ató a la señal.

Al llegar la noche volvió a la playa, sentado en la arena esperaba que la sirena hiciera acto de presencia para recoger su regalo. Cerró los ojos y pensó en ella, en las ganas que tenía de volver a verla. Abatido por el cansancio del viaje se quedó dormido, mas tarde una leve brisa de verano lo despertó, y al mirar para la boya se dio cuenta de que su pez de plata existía, que la belleza y el brillo que desprendía no había sido una ilusión.

lunes, 21 de mayo de 2012

ANCLADO A LA SENDA


El caballito del tiovivo,
Qué triste y solo está,
Cabalga sin rumbo fijo,
De feria en feria va.

Atado a un poste gira,
Si los niños se quieren montar,
Y a él nadie lo mira ,
Cuando los niños no están.

Con sus patas engarrotadas,
Él no puede galopar,
Preso está en la feria,
De un lado a otra va.

martes, 15 de mayo de 2012

PILOTAJE DE UN FLOTADOR


Eulalia se encontraba tumbada en el sillón del dentista, con la boca abierta de par en par, la anestesia le impedía que notase el dolor que le provocaría el sacarse los restos de una muela de no habérsela inyectado. De no haber sido por el flemón que esta le había producido no habría ido al dentista, el simple hecho de pasar por la puerta le producía un pavor sorprendente.

Temerosa rezaba a todos los santos que conocía para que terminase pronto de hurgarle en la boca. La enfermera le puso un algodón en el lugar de la extracción, y tras unas recomendaciones estaba lista para irse a casa. Al llegar a la recepción tuvo que esperar un rato porque la chica estaba ocupada con otro cliente y mientras esperaba llegó Catalina, un antigua amiga suya.

Un par de minutos le bastaron para quedar con ella en tomarse un café el próximo jueves por la tarde cuando ésta saliera de Pilates. Eulalia con un leve movimiento de cabeza le confirmó la cita, pues no se atrevía a mover la boca, temía que se le saliera el algodón.

Pasaron los días y Eulalia se encontraba totalmente recuperada de su extracción. Se dirigía camino a la cafetería donde había quedado con Catalina, cuando al pasar por la puerta de una heladería se quedó mirando un cartel y se escurrió al pisar una cucharilla que alguien debía de haber tirado al suelo. Pronto dos jóvenes que pasaban por allí acudieron a comprobar que se encontraba bien. La ayudaron a levantarse del suelo y luego cada cual siguió su camino.

Catalina la espera sentada en la misma mesa donde en su juventud tomaban refrescos mientras departían de novios, moda y contratiempos. Ilusionada tomaba un café mientras que Eulalia llegaba, llevaban tanto tiempo sin verse que tenían que volver a ponerse al día después de haber perdido el contacto.

Eulalia al tomar un sorbo de su café se dio cuenta de que efectivamente se había roto el colmillo derecho al escurrirse y darse con una piedra. Le produjo tal picotazo que no bebió mas café, y se entretuvo en jugar con la cuchara mientras que Catalina le contaba como aprendía natación en un curso impartido en la piscina municipal. La invitó a que fuera un día con ella a la piscina, pero Eulalia se negó excusándose que tenía cosas que hacer.

A la mañana siguiente Eulalia preparaba el bolso y se colocaba el bañador para ir a la piscina, aunque se había negado en un principio aceptó más tarde, al darse cuenta que le había salido de nuevo un flemón, pero esta vez cerca del labio superior. Al parecer tenía el colmillo picado por la parte posterior.

Cuando llegó a la piscina todos los alumnos se encontraban en el agua, ella soltó su bolso, extendió la toalla y se sentó en ella para inflar su flotador. Los alumnos y el monitor la miraban atónitos, pues no llegaban a entender que pintaba aquella señora con su enorme bañador de volantes y con su flotador en la piscina infantil.

Rodeada de niños se mecía de vez en cuando con su flotador y se mojaba la cara para que el agua le bajase la inflamación. Catalina que la vio a lo lejos cuando iba al baño se acercó a ella y la acompaño hasta la clase de los adultos, aún en compañía de los de su edad no se atrevió a soltar el flotador porque pensaba que se iba a ahogar.

Los nadadores adultos practicaban después de la clase mientras que los jovenzuelos saltaban del trampolín, los peques jugaban a la pelota y Eulalia junto con Catalina charlaban bajo la protección de la sombrilla. Catalina intentaba convencer a Eulalia para que fuera al dentista, mientras que ésta se negaba porque decía que ir a la piscina y meter la cabeza en el agua le salía más barato.

A la siguiente clase volvió a presentarse con su flotador, pero esta vez no se equivocó de grupo y junto con los adultos participaba en la clase todo lo que el flotador le permitía. El monitor se fue a contestar una llamada mientras que los alumnos practicaban, y Eulalia decidió meter la cabeza dentro para refrescarse, y poco le faltó para ahogarse, pues cogió tanto impulso a la hora de sumergir la cabeza que el cuerpo se le fue para el interior de la piscina y se quedó con los pies enganchados en el flotador.

Fue tan largo y tan terrible para ella el minuto que duró su desdicha que cuando se recuperó del susto se cambió de roba, se colgó el bolso y se fue al dentista a que le empastasen el colmillo. De camino a casa pasó por la puerta de la heladería y cogió la piedra con la que se había roto el diente y la lanzó al cristal de la heladería justo en el cartel que decía “ Colchonetas y flotadores para los cien primeros clientes”.

lunes, 7 de mayo de 2012

DOÑA ZAPATILLA


Doña zapatilla,
Mujer urbana y sencilla,
Pone la lavadora,
Y lavas sus zapatillas,

Mas no son, solo un par,
Que son diez por lavadora,
Y cuatro, puedo contar.

Doña zapatilla,
Lava sin cesar,
Tiene muchos pares,
Rotos por caminar.

Mas no son, solo un par,
Que son diez por lavadora,
Y cuatro, puedo contar.

Doña zapatilla,
Ha terminado de lavar,
Ahora va al mercado,
Algo, va a comprar.

Mas no son, solo un par,
Que son diez por lavadora,
Y cuatro, puedo contar.

Doña zapatilla,
Ha comprado pegamento,
Y como le da pena tirarlas,
Va construir un monumento.

Mas no son, solo un par,
Que son diez por lavadora,
Y cuatro, puedo contar.

Doña Zapatilla,
Ahora es famosa en su pueblo,
Ha pegado sus zapatillas,
En la puerta del ayuntamiento.

Mas no son, solo un par,
Que son diez por lavadora,
Y cuatro, puedo contar.

lunes, 30 de abril de 2012

GATITO NEGRO


El pequeño Ángel recogía sus cuadernos del suelo, uno de ellos se le había llenado de barro al igual que el uniforme del colegio, los otros cuadernos habían tenido más suerte y habían caído fuera. Otra vez se le había roto la correa de la mochila y mientras intentaba arreglarla había tropezado con una piedra y se había caído en un charco.
Gimoteaba de camino a casa mientras pasaba las páginas del cuaderno estropeado, solo se habían manchado las pastas y el filo, si llegaba pronto podría pasar la última tarea a limpio, pero por el camino se encontró con Ezequiel su único amigo, que iba a comprar chucherías a la tienda de la esquina y Ángel lo acompañó.
Ezequiel había cogido una bolsa de palomitas y otra de patatas cuando un escandaloso ruido le llamó la atención. Ángel había encontrado una moneda en el forro de su chaqueta e intentaba sacarla cuando al tirar de ella sin ninguna mala intención tiró una estantería al suelo.
Los dos niños ayudaban al vendedor a recoger las bolsas de chucherías del suelo cuando llegó la dueña de la tienda, le echó la bronca al vendedor y a los niños los lanzó fuera con un gesto de desplante, después de advertirles de que no volvieran mas.
Al llegar a casa la madre lo castigo por llevar la ropa tan sucia, él mismo tendría que  lavársela, y con un taco de jabón lavaba la chaqueta, el jersey, la camisa y el pantalón en la pila del patio. Frotó con tanta fuerza el jabón que terminó por romper dos botones de la camisa, los mismos que salieron despedidos hasta el patio de la vecina.
Cogió una escalera del trastero y la dejó caer sobre la pared, luego se subió a ella para asomarse. La señora Inés tomaba café con una amiga, y el botón había caído justo encima del trozo de pastel que se iba a llevar a la boca la amiga de la vecina.
El niño no se atrevió a decir nada, se tapaba la cara al escuchar como aquella señora se quejaba porque se le había roto un diente al morder un trozo de pastel, justo en ese momento su madre le pegó un chillido al verlo subido a la escalera y cogido de una oreja lo llevó ante su vecina para que le pidiera perdón a su amiga.
Más tarde permanecía en su cuarto castigado, hacía los deberes de matemáticas cuando la calculadora dejó de funcionar, le dio dos palmaditas y la zarandeó, pero aquella vieja calculadora debía de haberse quedado sin pilas. Bajó a la cocina y buscó a su madre por toda la casa para que le diera unas pilas nuevas, pero no la encontró.
Desde la entrada escuchó la voz de su madre, se asomó a la puerta y la vio en la acera de enfrente con una vecina, comenzó a llamarla pero estaba tan ocupada en su conversación que no se dio cuenta. Miró para ambos lados de la carretera antes de cruzar, pero no vio a Bernarda que salió sin mirar subida en su bicicleta.
Con un brazo escayolado volvía Ángel acompañado de su madre del hospital, la vecina había corrido peor suerte ya que la habían dejado ingresada en el hospital con una pierna escayolada y tres costilla rotas. Al llegar a casa su madre le dio la cena y lo mando a la cama sin postre, con esta última desventura su castigo había aumentado una semana más.
Tumbado en la cama miraba la escayola de su brazo, solo tenía la firma de su amigo Ezequiel acompañada de un montón de churretes. Ningún otro niño se la quiso firmar porque decían que era gafe y que les pegaría la mala suerte si se juntaban con el. Al rato recibió la visita de Ezequiel, Ángel lo esperaba impaciente para contarle algo importante.
Habían pasado dos semanas y con el castigo levantado había llegado el momento de llegar a cabo su plan. Los dos niños fueron hasta la iglesia a buscar al padre Pelayo, querían hacerse monaguillos, pero el cura no estaba. Una beata les dijo que había ido a dar una misa en el tanatorio, y los niños decidieron ir a buscarlo.
Cuando llegaron la fila para dar el pésame llegaba hasta la puerta, quisieron adelantarse pero los asistentes al entierro no los dejaron pasar y no les quedó más remedio que ponerse a la cola. Quince minutos más tarde eran ellos los que pasaban frente a los doloridos mientras seguían la fila, cuando iban a pasar por el ataúd, Ángel se pisó un cordón del zapato que llevaba suelto y empujando a su amigo cayeron los dos encima del ataúd tirándolo al suelo.
Salieron corriendo con tanto miedo que se plantaron en casa de Ángel en un santiamén. Los niños resoplaban cansados por las prisas con las que habían salido del lugar, pero ¿Quién se iba a quedar allí con el difunto tirado en el suelo mientras que las miradas de los presentes se clavaba en los dos angelitos?
Al día siguiente fueron a misa de ocho y se sentaron entre la gente, esperaron a que acabase la misa para ir a hablar con el cura, pero éste apenas los escuchó cuando se dio cuenta que eran los mismos niños del entierro, y nos le quedó más remedio que irse de allí.
Sentados en un sillón del parque se comían una bolsa de pipas mientras trataban de buscar una solución para quitarle a Ángel lo gafe. Después de intercambiar opiniones se fueron cada uno a su casa, debían de repasar la tarea para que no se les quedase nada pendiente.
A la mañana siguiente mientras se comían el bocadillo Ángel dio el visto bueno a un nuevo plan tramado por Ezequiel y quedaron para llevarlo a cabo ese misma tarde después de que Ezequiel regresara de clase particulares y Ángel hiciera los deberes.
Los dos querubines gafados iban de camino a la iglesia y esperaron a que llegase la gente de misa de ocho para poder entrar. Pero ésta vez no se quedaron inmóviles en los asientos, sino que fueron con cautela hasta la sacristía. El cura se encontraba frente al espejo acicalándose, y no vio a los niños que se escondieron debajo de una mesa esperando a que el cura se fuera.
Una vez que se encontraban solos salieron de su escondite y comenzaron a buscar el bidón del agua vendita. Rebuscaron entre las sotanas del armario, entre los candelabros y cacharros del mueble pero no había ni rastro. Entonces a Ezequiel le entraron ganas de ir al baño, y mientras orinaba vio que detrás de la puerta había un armario empotrado, luego abrió la puerta y en su interior pudo hallar lo que andaba buscando.
Al llegar a casa Ángel sacó de su mochila la cantimplora que había llenado de agua vendita y la guardó en su mesilla de noche para echarse unas gotas por la cabeza cada mañana después de bañarse, Ezequiel haría lo mismo por si su amigo le había pegado lo gafe.
Todo fue a mejor hasta que un día los profesores decidieron hacer una excursión, y su madre al prepararle la mochila le tiró el agua vendita de la cantimplora para ponerle agua fresquita del grifo. Pero Ángel no volvió a ser gafe, pues al saber de ello su amigo le dio de la suya mientras que volvían a rellenarlas.