¿Te gusta leer? Aquí mi blog literario: cuentos, relatos, poesía... incluso Micro-raticos. ¿Te quedas?

viernes, 30 de enero de 2026

PESADILLAS

 

En las fraguas de la noche las pesadillas surgían y en sus ojos cerrados su corazón azorado latía, deteniéndose el tiempo, donde comenzó a devorarle su energía, ella, que tan pequeña fue testigo de lo que sucedía cuando alguien se moría, a sí misma se veía sentada en el último banco de la iglesia, sola, mientras su abuela se colocaba en la cola para dar el pésame a la familia del muerto que colmado de flores en el altar precedía, los gemidos de la joven esposa que lloraba a su marido se incrustaban en sus oídos, un grito de dolor la hizo temblar, miro al suelo intentando pensar en algo bello, en aquel cremoso pastel que su abuela le había prometido, pero no podía, se puso de pie y buscó con su tímida mirada en la cola que muy lenta se movía, pero no la encontraba, asustada decidió salir, ya caminaba hacia la puerta cuando una mano desconocida se posó sobre su hombro, quiso girar la cabeza pero la rigidez de su cuerpo se lo impedía, solo alcanzó a ver una gran sombra que en el suelo se extendía, y del resuello en su oído unas palabras surgían, << Te veré cada noche aunque permanezcas escondida>> y desplomándose en el suelo su alma fue abatida. Al despertar algo en ella había cambiado, su alegría, su tez rosada se habían marchado, aferrándose a ella una mortecina palidez de rictus inmóvil que al mirarse en el espejo aún más se estremecía, al contemplar en su reflejo la sombra negra que su alma le absorbía; un zumbido llenaba sus oídos obstruyéndole el latido de su propio corazón, era contundente e insistía una y otra vez devorándole el silencio de la sien, manoteaba intentando deshacerse de ellas, de esas malditas moscas tan negras como gordas que emergían de la nada para devorarla por dentro. Maldijo a su abuela, la odiaba, era la culpable de todo, mientras los inocentes saboreaban la libertad de la calle, ella en la penumbra de su cuarto peinaba a las muñecas calvas; las risas del exterior entraban a través de la ventana, corrió un poco la cortina, lo justo para que sus ojos se asomaran, en el jardín de la vecina los niños un cumpleaños celebraban, una lágrima por su rostro resbalaba, y esa mano mortecina sobre su hombro se posaba, << Nunca estarás sola, ni en ninguna compañía, a mí perteneces, únicamente mía.>> y abrazando su propia noche, moría. 


jueves, 15 de enero de 2026

CASTILLO DE HOJALATA


Una tarde lluviosa de un domingo cualquiera una octogenaria dormía en el sofá mientras su nieto veía ensimismado un talen show en el televisor, luego ella comenzó a hablar en sueños, sollozando, después, despertó. 

-Abuela ¿Qué te pasa? Pareces triste. -Le dijo el niño quitándole voz al aparato. 

-Cosas de viejas, es que solo a veces consigo ser feliz, otras, me siento como un náufrago, buscando el auto consuelo de no haber cumplido parte de mis sueños. Hay veces que veo algo tan bello como es el arte y me siento inconforme con el hecho de no haber podido vivir de ello, así como de ya no poder realizarlo, de esta manera me siento frustrada y eso me hace infeliz. - 

Lo miró fijamente mientras él le acariciaba la cara dándole consuelo, y tras levantarse lo cogió de la mano y salieron de la habitación. Caminaron por una casa que aparte de los muebles que crujían y el canto de los gorriones permanecía sin vida. Entraron al cuerpo de la parte de atrás de la casa, un trastero olvidado al final del último patio, detrás de su puerta la penumbra dibujaba unas sombras que en un principio asustaron al niño, figuras humanas, esqueletos de hierro, trozos de barro agrietados de proyectos medio terminar esos que se dejan cuando la ilusión se pierde. 

Ya con la luz encendida las siluetas se hacían más amigables, algunas de las fisonomías eran fácilmente reconocibles incluso sus expresiones parecían vivas, tal cual las había visto en algunas de aquellas cintas VHS que la anciana guardaba, allí continuaron un rato mirándolo todo en silencio hasta que escucharon las voces que los llamaban. La abuela, tras volver a cerrar la puerta con llave le pidió con un gesto cómplice que le guardase el secreto. 

Al día siguiente, fue a buscarla para desayunar, pero no estaba en su dormitorio, sin decirle nada a su madre se dirigió hacia el taller y allí pudo encontrarla, parecía dormida con los pies colgando de los brazos de un sillón de piedra, el regazo de un hombre anónimo vestido de príncipe, sobre su pecho tenía los restos de una foto donde salían ambos en un local de jóvenes artistas. 

El niño salió corriendo para dar aviso a la madre, luego de recostar el cuerpo sobre el lecho y tirar la foto a la basura, cerraron la puerta de las murmuraciones y avisaron de su muerte.


martes, 30 de diciembre de 2025

EL ENTIERRO DE DON FLAQUITO

Vitto descansaba en su ataúd con forma de barco todo tan escuálido como su propio talle y sus vestiduras, propias para la escena que representaba, vestido de marinero cual niño que hace la primera comunión. 

Los asistentes al funeral ataviados de escrupuloso negro entraban y salían del tanatorio tan extrañados como divertidos, dirigiéndose miradas burlonas los unos a los otros, y es que las circunstancias daban pie a ello, la viuda, sentada en una tumbona de playa escondida tras la pamela y las gafas de sol, con sus chanclas y un vestido camisola que dejaba entrever los tirantes del bañador; junto a ella, el extraño féretro adornado de redes pesqueras, de anclas, de coronas de flores con diseño de salvavidas, de faroles que ocupaban el lugar de las velas. 

En la entrada, un señor apostillado repartía a los asistentes un tarrito con arena y conchas pertenecientes a la playa donde serían arrojadas las cenizas de Don Vitto, el Flaquito, como obsequio por haber asistido al funeral. 

Nadie mutó palabra alguna ante la viuda más allá de aquellas recurrentes al pésame o consuelo de alguien que ha perdido a un ser querido, pero a sus espaldas especulaban con la idea de que aquello era una broma de mal gusto o un dislate que diese de hablar en un pueblo quizás un tanto aburrido por la escasa población y actividad social. 

Toda la verdad se supo días después del entierro, cuando el Gacetín comarcal se hizo eco de la noticia y mandó a un par de becarios para que entrevistasen a la viuda y a los convecinos, estos últimos prestaron testimonio con el mismo sentimiento ambivalente con el que habían acompañado al muerto, la viuda, aún escondida entre las gafas y la pamela les contó que ella solo se había limitado a cumplir las últimas voluntades de su esposo que nunca pisó la playa por diversos motivos; en su niñez, nadie le había llevado por falta de recursos y es que sus padres no contemplaban la idea de malgastar un dinero escaso en su hogar para ir a la costa; la frase -Báñate en el rio- aún le pesaba al final de sus días, esas palabras que su padre le repetía cada verano cuando se quejaba al ver a la gente ir a veranear, el no saber nadar y el miedo que le tenía a la inmensidad del océano más la congoja a que la más efímera ola lo adentrase al mar ante su falta de corpulencia donde ya no pudiesen salvarlo, hicieron el resto, y así, aplazándolo año tras año llegó a la vejez. 

Entre escaseces y recelos alguien más había sufrido con ello, su esposa Bertita nunca fue de vacaciones llevando una vida simple junto a su marido mirando el tramo de rio que pasaba cerca de sus tierras, sin tocar el agua, allí, se sentaban en la sombra a contemplar a los niños ajenos jugando entre ranas y chapoteos. 

En una de sus últimas revisiones anuales, la mala noticia venía acompañada de las palabras –Don Vittorio, intente ser feliz los días que le quedan- y tras salir del médico se encaminó hacia la oficina de la compañía fúnebre para concretar los puntos de su extravagante despedida, cuyo significado primordial era cumplir el sueño de ir de vacaciones, junto a su mujer. 


lunes, 15 de diciembre de 2025

EL BANCO DE DON DIENTES


Ramiro Rodríguez alias Don dientes como todos le apodaban observaba con detenimiento el árbol de navidad que el ayuntamiento había colocado en la plaza, justo en frente del edificio donde residía como portero, trabajo que heredó tras el fallecimiento de su padre. La altura de la copa le hacía la distancia hacia la estrella inalcanzable igual que un deseo de navidad, la nostalgia de la unión de los días que se acercaban lo llenaban de soledad, sentimiento que ocultaba tras la sonrisa de dientes grandes y sobresalidos que opacaban la tristeza que su gran corazón no compatía.  

Por un momento, las luces brillaron tan fuerte que cegado cerró los ojos y pidió un deseo, -Que todos me quieran, por favor- tras abrirlos el silencio se hizo más oscuro, solo sirio iluminaba desde el cielo. Volvió la luz tras el efímero apagón y Ramiro se marchó a casa acongojado, deshilachando recuerdos de cuando siendo un niño se sentía normal. 

A la mañana siguiente, aún en la cama, fue despertado por un traqueteo de dientes que despedidos salían de su boca, asustado decidió taparse con las manos, pero se le amontonaron de tal manera que para no ahogarse acabó separando los labios y vomitando todas las piezas. Dos lágrimas asomaban de terror por sus ojos, pero enseguida notó que le volvían a crecer, se miró al espejo atónito, habían cambiado de forma, ahora eran mucho más bonitos; no paraba de sonreír mientras recogía sus viejos dientes que desperdigados lo mantuvieron un rato entretenido. 

Al llegar la noche, justo antes de acostarse contemplaba aquel extraño milagro, preguntándose si todo habría sido un sueño, aquel día, la gente con la que se había ido encontrando le habían correspondido con “Te noto diferente ¿Te has hecho algo?” o con un “Hoy estas más guapo” así como una señora que se encontró en el mercado que a falta de dentadura le dijo “Que dientes más perfectos tienes”. 

Y de nuevo al otro día volvía a mudar sus dientes recibiendo otros mejores si eso era posible, cuando los recogió todos y fue a ponerlos con el resto notó la falta de dos molares, miró bajo su almohada y encontró una moneda de dos euros, el Ratoncito Pérez se los había llevado; mientras desayunaba se acordó de su madre y de lo bien que le hubiesen venido tener muelas en su vejez, o de cuando él era un niño y se colocaba unos colmillos de mentira para parecer Drácula, y a su vez de todas las personas que conocía que carecían de ellos, como por ejemplo la mujer que compraba fruta madura en el mercado añorando cuando en su juventud comía manzanas verdes. 

Sentado en su propia mesa de cocina ojeaba el móvil buscando información sobre cómo fabricar dentaduras postizas, así como de la propia distribución de los dientes cuando percibió que lo observaban, desde la ventanita que daba al patio de vecinos un grupo reducido de ratones lo vigilaban; ante tanto trabajo, Pérez había pedido ayuda a unos conocidos suyos; recogió la cajita que contenía aquel efímero tesoro, y marchó a comprar cera. 

Cuando regresó tras sus quehaceres, se puso a fabricar una dentadura que cavilaba regalar, pero, cuando ya la había terminado, recibió la inquietante visita de aquellos que en su ausencia se habían colado en casa, con un simple asalto en bandada se la quitaron y salieron corriendo por el hueco que había dejado en la puerta para que el gato de una vecina a hurtadillas le visitara. Fastidiado se consolaba con las piezas sueltas que al no agarrar bien se habían caído por el camino, para casos concretos, se dijo justo antes de dormir. 

Vuelta a empezar, y prevenido, recogió todo junto con las llaves de la vecina con la que había quedado en regarle las plantas en su ausencia, allí dedicó el rato que necesitaba antes de buscar a la anciana para que recordara como era aquello de morder bien fuerte. La mujer se sintió enormemente complacida, un regalo de los Reyes Magos por adelantado al que por sí sola ella no podía acceder. 

Una semana más tarde Don dientes siendo reconocido por todos, caminaba feliz hacia la tele, conocido por su gran obra social querían entrevistarlo, para saber más sobre los hechos que le habían cambiado la vida. En pleno clímax de la entrevista cuando la ratio de espectadores era mayor, una llamada telefónica mermó la brillantez del momento, algunos beneficiarios se habían juntado para quejarse ya que la dentadura con los días se deshacía y tras ello desparecían con la consiguiente compensación económica de Pérez, que no les era suficiente para comprar otra nueva, sacudido por aquella noticia, no tardó en planear una nueva estrategía, y allí mismo en el plató les explicó cómo iba a crear un banco de dientes donde los necesitados pasarían a ser beneficiarios de una cuenta, que llegada al valor que requerían para comprar una buena dentadura, dejaría de existir.  


domingo, 30 de noviembre de 2025

NO PUEDO VIVIR SIN TI

Cuando Leonora salió por la puerta a su esposo no le importó lo más mínimo, tratándola con su habitual indiferencia recibió las advertencias de su mujer tantas veces que haciendo omisión una vez más permaneció sentado en su sillón sin inmutarse, con aquella pasividad de la vida que le caracterizaba formando parte del salón, como un mueble más. 

Después de ver en la tele un par de películas de western, y llegado el telediario, miró el reloj, era la hora de comer, y sin darse cuenta de que su mujer no había regresado la llamó a voces como de costumbre hacía, tras dos intentos fallidos, apreció que estaba solo, se levantó para ir al baño y de paso llegó a la cocina, sobre la encimera no había ningún táper, abrió la nevera, allí tampoco existía rastro de almuerzo alguno, sacó el móvil del bolsillo de la bata y preguntó ¿Tu qué plan tienes hoy? con tono autoritario, la persona tras el auricular, no citó palabra alguna, y le colgó. 

Mientras pasaban los deportes, él engullía un bocadillo de pan del día de antes aderezado con las sobras que encontró, el filete de pollo que no le había apetecido, los pimientos que no le gustaban y la lechuga que era para grillos, de postre se adjudicó unas mandarinas y una onza de chocolate que tenía escondida, cuando llegó la hora de sus medicinas no sabía el orden en que debía tomarlas, volvió a coger el móvil y tras mirarlo se lo guardó dubitativo; unas horas más tarde abrió los ojos de una de esas siestas perpetuas que lo caracterizaban; ya era de noche, la tele se había apagado sola, se levantó recorriendo cada estancia del piso comprobando una vez más que su esposa no estaba, se detuvo en el cuarto de los niños estancado después de la independencia, tras el vuelo de unos polluelos que, escusados siempre, olvidaban regresar. 

Frente al microondas se percató de que no sabía encenderlo, con los dedos contaba la falta de tres descafeinados menos en ese día, con las tripas rugiéndole trasteó los cajones para encontrar apenas unos restos de galletas y nos polvorones que aún estaban sin caducar, luego se acostó. 

Unos días más tarde se cruzaron en el mercado, ella resplandecía, de inmediato se fijó en su nuevo corte de pelo, y en lo estilizada y elegante que caminaba si usaba tacones, parecía desfilar igual que una modelo, quiso acercarse pero algunos caminantes se le interpusieron al paso y sin poder llegar a ella la perdió de vista, la buscó en los puestos que él conocía de siempre, pero allí no estaba, ya volvía a casa cuando escuchó un taconeo que creía recordar, al girarse Leonora pudo observar que su esposo estaba cambiado, sus facciones no eran las mismas, se habían endurecido, ajado, como si de un golpe hubiesen pasado un montón de años, sintiendo pena de él, volvió a casa aquel mismo día, tras abrir la puerta, la basura se acumulaba llenando parte de la cocina, el fregadero y la encimera no se sabía de qué color era, y el resto de la vivienda parecía haber sufrido un huracán, lo único que permanecía en su sitio eran las pantuflas y el delantal, se puso su uniforme de criada y lista para limpiar, unos minutos más tarde, le dijo desde el sofá, “Menos mal que has entrado en razón, ya estaba por pedir el divorcio”, mirándolo desde el recibidor se deshizo del delantal y tras subirse de nuevo en los tacones se marchó sin mirar atrás.  

Luego, se le terminó de caer la casa encima.