Vitto descansaba en su ataúd con forma de barco todo tan escuálido como su propio talle y sus vestiduras, propias para la escena que representaba, vestido de marinero cual niño que hace la primera comunión.
Los asistentes al funeral ataviados de escrupuloso negro entraban y salían del tanatorio tan extrañados como divertidos, dirigiéndose miradas burlonas los unos a los otros, y es que las circunstancias daban pie a ello, la viuda, sentada en una tumbona de playa escondida tras la pamela y las gafas de sol, con sus chanclas y un vestido camisola que dejaba entrever los tirantes del bañador; junto a ella, el extraño féretro adornado de redes pesqueras, de anclas, de coronas de flores con diseño de salvavidas, de faroles que ocupaban el lugar de las velas.
En la entrada, un señor apostillado repartía a los asistentes un tarrito con arena y conchas pertenecientes a la playa donde serían arrojadas las cenizas de Don Vitto, el Flaquito, como obsequio por haber asistido al funeral.
Nadie mutó palabra alguna ante la viuda más allá de aquellas recurrentes al pésame o consuelo de alguien que ha perdido a un ser querido, pero a sus espaldas especulaban con la idea de que aquello era una broma de mal gusto o un dislate que diese de hablar en un pueblo quizás un tanto aburrido por la escasa población y actividad social.
Toda la verdad se supo días después del entierro, cuando el Gacetín comarcal se hizo eco de la noticia y mandó a un par de becarios para que entrevistasen a la viuda y a los convecinos, estos últimos prestaron testimonio con el mismo sentimiento ambivalente con el que habían acompañado al muerto, la viuda, aún escondida entre las gafas y la pamela les contó que ella solo se había limitado a cumplir las últimas voluntades de su esposo que nunca pisó la playa por diversos motivos; en su niñez, nadie le había llevado por falta de recursos y es que sus padres no contemplaban la idea de malgastar un dinero escaso en su hogar para ir a la costa; la frase -Báñate en el rio- aún le pesaba al final de sus días, esas palabras que su padre le repetía cada verano cuando se quejaba al ver a la gente ir a veranear, el no saber nadar y el miedo que le tenía a la inmensidad del océano más la congoja a que la más efímera ola lo adentrase al mar ante su falta de corpulencia donde ya no pudiesen salvarlo, hicieron el resto, y así, aplazándolo año tras año llegó a la vejez.
Entre escaseces y recelos alguien más había sufrido con ello, su esposa Bertita nunca fue de vacaciones llevando una vida simple junto a su marido mirando el tramo de rio que pasaba cerca de sus tierras, sin tocar el agua, allí, se sentaban en la sombra a contemplar a los niños ajenos jugando entre ranas y chapoteos.
En una de sus últimas revisiones anuales, la mala noticia venía acompañada de las palabras –Don Vittorio, intente ser feliz los días que le quedan- y tras salir del médico se encaminó hacia la oficina de la compañía fúnebre para concretar los puntos de su extravagante despedida, cuyo significado primordial era cumplir el sueño de ir de vacaciones, junto a su mujer.
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