En las fraguas de la noche las pesadillas surgían y en sus ojos cerrados su corazón azorado latía, deteniéndose el tiempo, donde comenzó a devorarle su energía, ella, que tan pequeña fue testigo de lo que sucedía cuando alguien se moría, a sí misma se veía sentada en el último banco de la iglesia, sola, mientras su abuela se colocaba en la cola para dar el pésame a la familia del muerto que colmado de flores en el altar precedía, los gemidos de la joven esposa que lloraba a su marido se incrustaban en sus oídos, un grito de dolor la hizo temblar, miro al suelo intentando pensar en algo bello, en aquel cremoso pastel que su abuela le había prometido, pero no podía, se puso de pie y buscó con su tímida mirada en la cola que muy lenta se movía, pero no la encontraba, asustada decidió salir, ya caminaba hacia la puerta cuando una mano desconocida se posó sobre su hombro, quiso girar la cabeza pero la rigidez de su cuerpo se lo impedía, solo alcanzó a ver una gran sombra que en el suelo se extendía, y del resuello en su oído unas palabras surgían, << Te veré cada noche aunque permanezcas escondida>> y desplomándose en el suelo su alma fue abatida. Al despertar algo en ella había cambiado, su alegría, su tez rosada se habían marchado, aferrándose a ella una mortecina palidez de rictus inmóvil que al mirarse en el espejo aún más se estremecía, al contemplar en su reflejo la sombra negra que su alma le absorbía; un zumbido llenaba sus oídos obstruyéndole el latido de su propio corazón, era contundente e insistía una y otra vez devorándole el silencio de la sien, manoteaba intentando deshacerse de ellas, de esas malditas moscas tan negras como gordas que emergían de la nada para devorarla por dentro. Maldijo a su abuela, la odiaba, era la culpable de todo, mientras los inocentes saboreaban la libertad de la calle, ella en la penumbra de su cuarto peinaba a las muñecas calvas; las risas del exterior entraban a través de la ventana, corrió un poco la cortina, lo justo para que sus ojos se asomaran, en el jardín de la vecina los niños un cumpleaños celebraban, una lágrima por su rostro resbalaba, y esa mano mortecina sobre su hombro se posaba, << Nunca estarás sola, ni en ninguna compañía, a mí perteneces, únicamente mía.>> y abrazando su propia noche, moría.
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