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viernes, 15 de junio de 2012

MARCOS Y EL PINCEL DE ORO (primera parte)


Ya no sé, ni cuantos días hace que jugué con papá y con mamá al escondite. Mamá sentada en las escaleras del porche contaba hasta diez, mientras que papá regaba las plantas del jardín. Las petunias y los geranios se estaban quedando mustios por el calor, sin embargo los donjuanes de la entrada estaban cada vez más grandes.  

Me escondí detrás de la caseta de Pirata, pero no dejaba de ladrar, pensé que quería jugar, así que lo solté, pero me engañó. En vez de seguirme, salió corriendo y se escapó por un hueco de la verja. No podía llamarlo porque mi mamá se estaba acercando, y me descubriría. Por nada del mundo me iba a perder esa tarta tan rica de chocolate que me había apostado con ella.

Ese olor a vainilla mezclado con un poco de canela era inconfundible, mi mamá estaba muy cerca. Agachapado detrás de la caseta pude ver como se acercaba, estuvo a muy poco de cazarme, pero el vecino que traía a Pirata cogido de la correa la distrajo, y mientras ella iba a por mi pequeño dálmata me escondí detrás de los donjuanes.

Pirata ladraba mientas que yo le hacía muecas, luego me fui lentamente hasta la parte de atrás, mi mamá se había quedado charlando con el vecino. Desde la ventana vi como mi papá muy contento observaba como su equipo de futbol favorito marcaba un gol.

Me quedé un rato sentado en el balancín meciéndome y pensando en un sueño que había tenido la noche anterior sobre duendes y cazuelas de oro, la temperatura era agradable, la tarde comenzaba a refrescar y balanceándome me quedé dormido.

Pasado el rato me desperté al sentir que unas gotas de agua me mojaban la mano derecha que colgaba hacia el suelo, había comenzado a llover, me levanté de un salto, fui corriendo hasta la caseta de pirata, lo cogí y me entré a casa. Mi madre ya salía a buscarme, era la hora de bañarlo.

Yo lo frotaba con el jabón después de que mamá le echara el agua tibia, pero no se qué fue lo que le pasó cuando lo aclaraba, que pegó un salto de la bañera y salió corriendo por un hueco de la puerta. Intentamos cogerlo pero no lo alcanzamos, a mi papá se le escurrió de las manos cuando se lanzó a por él.

Había dejado de llover y un sol muy luminoso había dibujado en el cielo un precioso arcoíris. Pirata se revolcaba en un charco que se había formado junto a las petunias, al acercarme para cogerlo salió de nuevo corriendo, esta vez a la parte de atrás de la casa, fui detrás de él, pero me detuve en mitad del camino justo cuando al pasar por la parra que mi padre guiaba hacia la pared vi que el arcoíris terminaba justo entre las plantas y que algo entre ellas relampagueaba.
                                                             
No dude ni un momento en acercarme para comprobar si era cierta la leyenda que contó una niña una vez en el cole, decía que al final del arcoíris un duende custodiaba una cazuela llena de monedas de oro. Yo pensaba que era un cuento para niños, pero estaba equivocado, al acercarme a la parra pude ver una cazuela rojiza colmada de monedas.

Le quité unos tréboles de cuatro hojas que colgaban del filo, y me disponía a llevarme la cazuela, cuando de la nada apareció un duende, su cara me era familiar, no tenía cara de anciano ni barba blanca como me habían contado, era un niño. Comenzó a reprocharme algo que no entendí, su idioma era diferente. Me cogió de la mano, por un momento desconfié pero estaba intrigado quería saber si las monedas eran de oro o de chocolate.

El niño vestido de verde metió la mano dentro de una bolsita marrón que le colgaba del pantalón y sacó un puñado de polvo dorado, lo roció por encima de la cazuela y luego la cogió como si no pesara, y nos fuimos dando un salto hacia el arcoíris.

Un lugar tan extraño como maravilloso, las casas parecían de juguete con sus medidas para niños, pero como si realmente las hubiera elaborado un adulto. El colorido abundaba por todo el lugar, las hojas de los arboles tenían un verde aguamarina intenso y los filos rosáceos, de ellos colgaban una flores blancas con manchas moradas tan grandes como bonitas. En la lejanía los arboles eran diferentes, de un verde claro con pinceladas de amarillo, y en sus ramas unos pájaros negros de alas azules cantaban sin parar.

Mientras admiraba el paisaje mi acompañante me había soltado de la mano para luego saltar de nuevo al arcoíris, no antes de decirme algo en su idioma con el mismo tono que mis padres me echan la bronca. No me moví del sitio, pues, desde esa posición podía admirar aquel lugar. No tenía miedo a lo desconocido ya que no parecía que fuera a correr ningún peligro en aquel paisaje tan sereno.

De pronto cuando observaba una casa en particular que se encontraba alejada del resto, cerca de donde anidaban aquellos extraños pájaros, apareció otro niño, me saludó con una sonrisa, yo le contesté de la misma manera, se acercó y me indicó con un gesto que recogiera la cazuela, luego le seguí hasta la puerta de una casita.

Mi acompañante abrió la puerta sin usar llave, ni tan siquiera tenía cerradura, solo un pomo muy diminuto, a medida de su mano. Todo estaba organizado en una misma sala, una pequeña zona de ocio con un sofá, una lámpara y una estantería con varios libros. Una especie de cocina con una hornilla, un pequeño mueble con su encimera y una mesa con cuatro silla. Dos camitas con sus mesitas de noche, un armario de cuatro puertas y un discreto baño, oculto tras una cortina.

Me quedé en la puerta un tanto desconfiado, pero aquel niño me cogió de la mano y me sentó en una de sillas de la cocina, luego puso en el fuego una jarra de lata, estaba algo desconchada pero limpia. Al rato me sirvió en una taza de chocolate, por encima le había rociado un poco de canela, y la adornaba una flor azulada. Aquella mezcla de olores me recordó a mi mamá y lo preocupada que estaría.

Se acercó hasta el armario, luego abrió una de sus puertas y puso sobre una de las camas un traje verde igual al que llevaba él. Me levante y cogí la cazuela, pero el niño no me dejó salir por la puerta, entonces metió la mano en su saquito y cogió un puñado de polvo de oro y me lo roció.

Más tarde cuando desperté me encontraba tumbado en la cama, tenía puesta la ropa verde, el niño me miraba fijamente sentado en la otra cama. De pronto alguien abrió la puerta, era un hombre, con una barba grisácea, larga y acabada en pico, llevaba una especie de capa con gorro, verde oscura casi negra, que no dejaba ver bien su cara. Se acercó despacio apoyado sobre un bastón de palo.

-          Marcos, acompáñame que te quiero enseñar una cosa- Me dijo con un tono tan misterioso como tranquilo.

-          ¿Quién es usted, y cómo sabe mi nombre?- Pregunté mientras me incorporaba mirando fijamente aquel señor tan extraño.

-          Me llaman Máncalo, ven conmigo y te explico que haces aquí.- Contestó mientras abría la puerta.

-          Ve con él que no te hará daño si te portas bien- Añadió el otro niño.

Caminábamos por una senda dirección a la casa situada donde los arboles amarillentos, a lo lejos no parecía tan terrorífica como de cerca, los pájaros chirriaban mientras se inclinaban aleteando hacia nosotros. Abrió la puerta con una llave grande y tallada de color cobre, tan extraña como bonita. Las plantas trepadoras inundaban tanto el exterior como el interior de aquella casa. No parecía que hubiera muebles porque estaban cubiertos de plantas, eran varios bultos bien moldeados que imitaban a una cama, una mesa y un par de sillas.

Se acercó a una de las paredes, metió la mano en un saquito que le colgaba del pantalón igual al del niño. Cogió un puñado de polvo de oro y lo lanzó hacia la pared, enseguida las plantas comenzaron a moverse dejando libre un espejo. Se aproximó y me indicó con la mano para que me acercara, me puse a su lado, luego deslizó su dedo índice como si escribiera algo y en el espejo se reflejo algo inexplicable.

Mis padres y yo cenábamos en la cocina como siempre, sentados en los taburetes, mientras Pirata bajo mis pies esperaba que le echase comida. No podía ser real pues yo me encontraba en otro mundo, pero era el mismo día, llevaban la misma ropa y mi mamá tenía el pelo teñido, cuando el tinte se lo iba a poner después de bañar a pirata.

-          Ahora perteneces a este mundo, serás un duende y trabajaras para mí. Ese niño que aparece en la imagen como supones no eres tú. Cada vez que nace un niño, un duende aparece en este lugar, y aquí no se viene a jugar sino a trabajar. Solo tienen una posibilidad de escapar, cada duende tiene una cazuela llena de monedas de oro, que si te fijas bien ni tan siquiera lo son. Que el arcoíris terminase en tu jardín no fue casualidad, hay un duende idéntico a cada niño, y si te cruzas con el y te dejas engañar, ya sabes lo que te espera, él se irá a tu casa a vivir tu vida mientras que tu trabajaras por el.- Me dijo Máncalo.

-          Yo quiero irme a mi casa con mis padres, no fue codicia lo que hizo que me acercara a la cazuela sino curiosidad, el duende me sujetó de la mano y me trajo.- Le dije mientras entre las sombras de la capucha dejaba entrever su sonrisa.

-          Tal vez no querías el oro, pero para bien o para mal estás aquí, vivirás con Eliseo en la casita, antes era como tú un niño normal y corriente hasta que traspasó el umbral y se convirtió en duende, lleva muchos años aquí trabajando para mí y aconsejando a los que van llegado. Ahora acompáñame que te voy a enseñar tu lugar de trabajo.- Contestó mientras salía de la casa.

Me inundaban las ganas de llorar, echaba de menos a mis padres, a mi perrito y a mi casa, y quería escapar de aquel lugar, de sus llamativos colores, de aquel señor misterioso que me asustaba, con su capucha siempre puesta para cubrir su rostro, del que solo se insinuaban unos ojos grandes y ovalados, y una sonrisa sucia.

A la salida de la casa los pájaros nos acechaban, Máncalo cogió un puñado de polvo de oro y lo lanzó hacia ellos, antes de caer al suelo se había convertido en semillas y los chirriantes bribones se pusieron a comer. Le acompañe a su paso de bastón por una senda diferente a la anterior sin mediar palabra. Nos fuimos dejando atrás los arboles amarillentos, los siguientes eran de hojas anaranjadas, y de ellos colgaba fruta del tamaño de las mandarinas pero de color púrpura, quise preguntar pero no me atreví, y cuando fui a darme cuenta estábamos frente a un campo de tréboles.

-          Aquí vendrás por las tarde a comprobar que crecen derechos y luego los regaras, no antes de haberle quitado aquellos que estén estropeados o comidos por insectos, mañana por la tarde te quiero ver aquí, esmerándote para que los tréboles de cuatro hojas crezcan bonitos.-Me dijo Máncalo señalándome para el terreno donde comenzaban a crecer unos pequeños tréboles.

-          ¿Y qué haré por las mañanas?-Le pregunte.

-          Ahora lo veras.- Me contestó mientras caminaba hacia una nueva senda.

Le seguí sin rechistar, pues el trabajo que me había encomendado no me disgustaba del todo, prefería irme a casa, pero de momento permanecería sosegado hasta que encontrase la manera de volver. Nos dejamos atrás todos los arboles, y la vegetación comenzaba a desparecer conforme íbamos caminado, las últimas plantas que vi tenían las hojas grandes y una pequeñas florecillas azuladas igual a la que Eliseo me había puesto en el chocolate.

Después de un rato llegamos hasta un gigantesco cobertizo, me dio miedo entrar, su exterior no era nada agradable, paredes grisáceas con unas pequeñas ventanas en la parte superior de la pared. Abrió la puerta cerrada con llave y entró, desde fuera pude ver a los niños o duendes trabajando.

-          Vamos entra.- Me dijo.

Yo le hice caso y entré, algunos me miraban de reojo como si tuvieran miedo de parar de trabajar. Estaban divididos en grupos, unos cuantos dibujaban las piezas de los zapatos para luego otros recortarlas, otros las cosían, y el resto las revisaban antes de guardarlas en sus cajas. Me acompañó hasta el grupo de corte, me dio un mandil y unas tijeras.

-          Por las mañanas ayudaras a tus compañeros, recortaras los materiales necesarios para los zapatos según los patrones y cuando termines con ellos te irás al grupo de lustrar, y darás brillo a cada zapato con paciencia y con esmero hasta que queden perfectos.- Me ordenó Máncalo.

Eliseo se acercó para enseñarme como tenía que hacer mi trabajo, al parecer, era el encargado de todos nosotros. Me dio varias indicaciones antes de que sonara una bocina anunciando que la jornada de trabajo había terminado. Los duendes se pusieron en fila igual que en el colegio y salieron unos detrás de otros. Eliseo después de abrir la puerta se fue detrás de Máncalo que había entrado en una especie de despacho desde donde nos vigilaba a través de una ventana.

No sabía bien qué hacer, si esperar a Eliseo o irme detrás de aquellos otros niños, se veía que no eran felices, sus caras mustias y cansadas lo sugerían, me figué en todos y cada uno de ellos, habría unos cincuenta, todos de una estatura similar y de ocho años aproximadamente.

-          Hola, me llamo Marcos, ¿Cuánto tiempo llevas aquí?¿A que tú eras un niño? -Le pregunté a uno de ellos.

-          Me llamo Álvaro y soy otro tonto al que han engallado, descubrí la cazuela de monedas mientras paseaba a mi perrito por el campo, el arcoíris terminaba a los pies de un nogal, y en él encontré la cazuela, me acerqué a ella y antes de que cogiera una moneda salió un duende, me sujetó muy fuerte de la mano y dando un salto al arcoíris me trajo hasta aquí. Llevo años fabricando calzado mientas que un impostor está en mi casa viviendo a mi costa. -Contesto el.

-          ¿No hay manera de volver? Yo no quiero estar aquí, tengo miedo de ese señor, además no tengo edad de trabajar, ni yo ni ninguno de los que estamos aquí, no sé como os conformáis a vivir como esclavos mientras que los verdaderos duendes están en nuestras casas.- Le dije.

-          A ver si tu eres capaz de regresar, yo lo intenté una vez nada más llegar, y lo único que conseguí fue un castigo. Había salido el arcoíris y un duende pretendía dar el cambiazo, se encontraba escondido al otro lado, yo me acerqué hasta al arcoíris y salté, pero me quedé con los pies colgando, Máncalo me había sujetado del chaleco impidiéndome escapar, luego me encerró en una jaula y me colgó en uno de los arboles cerca de su casa, allí estuve casi dos días sin comer ni beber nada, mientras que esos pajarracos feos me picaban noche y día hasta que pedí perdón.- Me explicó Álvaro mientras que de sus ojos brotaban algunas lágrimas.

-Aun tengo dos preguntas más. ¿Por qué Máncalo tiene el rostro cubierto?- Le dije.

-Nunca le he visto la cara, ni yo ni ninguno de los que estamos aquí. Yo me hice la misma pregunta al poco de llegar, un duende con el que congenié muy bien, me contó varias cosas antes de irse, me dijo que Máncalo era un niño que trabajaba clandestinamente en un taller de calzado, que le pegaban y que apenas le pagaban por trabajar. Un día al salir del trabajo se encontró un duende y este le ofreció vivir aquí en un mundo de fantasía, donde serían los demás los que cumplirían ordenes y trabajarían para él.- Confesó Álvaro antes de que Eliseo se acercara.

CONTINUARÁ….

martes, 30 de agosto de 2011

UNA BRUJA CON PIES DE GATO

Como un gazapo escondido, Tatiana se ocultaba con sus vivos ojos verdes mientras se  asomaba por una rajita de la puerta. Observaba que nadie la interrumpiera, mordisqueaba una ristra de chorizo, debía parar de comer porque se iba a notar mucho el hueco que estaba haciendo en la despensa, al menos por ese día ya estaba servida. Salió de la despensa, y cogió un vaso de agua, y luego se acercó a las macetas de la ventana, donde tenían sembradas varias plantas aromáticas, cogió unas hojas de menta y las mordisqueó, luego las tiró al cubo de la basura y fue a la habitación de Paula.

Escuchó pasos por las escaleras, y de inmediato se situó enfrente del libro de lengua, debía estudiar la lección para el lunes siguiente, y eso parecía hacer. Paula abrió la puerta, venía con varios libros de Geografía que había cogido del despacho de su padre. Siempre hacían los deberes juntas, estaban en la misma clase y lo compartían todo, lo que era de una también era de la otra.

Concha entró en la habitación para ofrecerles un batido de fresa y un sándwich de crema de chocolate, y las dos aceptaron el tentempié. Tatiana no renunciaría nunca a un manjar tan delicioso, le fascinaba el chocolate. Mientras devoraba el sándwich se acordó de los dos chorizos que se había comido antes, pero daba igual, a ella no se le notaría, y ya pasaba bastante hambre en su casa. Sus padres eran vegetarianos, y ella también, al menos de cara a los demás, porque cuando podía comía cuanto le apetecía.

Tatiana era como un alfiler, su constitución delgada y su dieta estricta la hacían débil. Para comer, verduras y pasta, de postre frutas y algún yogur de vez en cuando. Apenas la dejaban comer chuches porque no le duraban los empastes nada. Sin embargo Paula lucia unas pantorrillas generosas, su madre la dejaba comer lo que quisiera, siempre que se comiera también las verduras, su dieta era más alegre. La mamá de Paula pasaba por alto que los padres de Tatiana no le dieran a su hija chocolate, ¿Que tenía de malo que la pequeña Tatiana comiera algo dulce?  ¿Acaso no es necesaria también la grasa animal y el azúcar? Al parecer los padres de Tatiana no entendían eso, y Tatiana buscaba las oportunidades de zampar a su gusto, cuando pillaba una despensa sin vigilancia.

Después de hacer los deberes se fueron a la calle a jugar a la comba hasta que la mamá de Tatiana la llamó para cenar. Otra vez tocaba ensalada con judías verdes, esta vez se negó a comérselas ya estaba harta de tantas judías. Insistiendo en no probar bocado, la madre estaba dispuesta a prepararle una tortilla de patatas, pero el padre se negó en rotundo, colocándole a Tatiana el plato de judías de sombrero. La niña enfadada se fue corriendo a su cuarto, llorando dolorida por la incomprensión de sus padres, ella quería comer de todo y no sabía como se lo iba a decir. Al rato cuando el padre estaba dormido Tatiana bajó a la cocina, allí estaba su madre tomando un vaso de agua, la ignoro, y no porque no le quisiera dar algo de cenar, se hizo la desentendía y la dejó sola en la cocina  para que comiera lo que quisiera, contando con lo poco apetecible del frigorífico.

A la mañana siguiente iría de visita a la casa de su abuela Nati, la oportunidad perfecta de seguir probando los manjares prohibidos. Mientras los mayores estaban en el salón charlando de sus temas, Tatiana jugaba con su prima Macarena de cuatro años y su primo Daniel de cinco, ella al ser la mayor casi siempre decidía a que jugar, primero jugaron al escondite, su prima Macarena se la quedaba, mientras contaba hasta diez, Daniel se escondió detrás de la casita de cucurucho el chihuahua de la abuela Nati y Tatiana aprovecho para esconderse en la despensa, mientras su prima la buscaba cerca del jardín ella estaría en la cocina probando de la cazuela de la abuela, siempre tenía casi toda la comida preparada antes de que sus hijos llegaran. Y teniendo esta información debía aprovecharla, como sus tíos y sus primos no eran vegetarianos la abuela preparaba puchero para almorzar, y de aperitivos jamón, croquetas, pinchitos, morcilla, chorizo… y como no podía faltar, ensalada y pasta para los vegetarianos.

Mientras sorbía una cucharada más de la cazuela, y comía una loncha más de jamón, escuchó cerca la voz de la abuela, los pasos indicaban que estaba cada vez más cerca, y ahora, ¿ Cómo escapar?, movió un cesto de patatas y encontrando un hueco se escondió entre patatas y ajos. Su abuela entro en la cocina, y Tatiana rezaba para que no fuera a la despensa, en todo esto Macarena entró en la cocina preguntándole a la abuela si había visto a su prima, no había rastro de ella. Mientras, Tatiana se reía entre patatas y ajos, su abuela que necesitaba la cesta de los huevos para ir a recogerlos al gallinero, casi la pilla riendo. Pero la anciana que era miope no la vio, le pareció oler la colonia de princesas que ella misma le había regalado por su cumpleaños. Así que comenzó a llamarla, la abuela se acercó a la ventana para vigilar si Macarena la había encontrado, y entonces con sigilo Tatiana salió de la despensa y se escondió debajo de la mesa de la cocina y salió precipitadamente para asustar a la abuela, y hacerle creer que estaba allí escondida.

Luego se fue corriendo para el jardín, y cucurucho comenzó a lamerle las manos, Daniel y Macarena le preguntaron que había estado haciendo para tener tanta grasa, y ella descarada le dijo que había estado ayudando a la abuela en la cocina y se la había olvidado lavarse las manos. Entonces se acercó a la fuente del jardín y llamó a sus primos les dijo que dentro del estanque había un pez, y cuando se acercaron comenzó a salpicar a sus primos iniciando una guerra de agua, Tatiana entre tanto aprovechaba de vez en cuando para beber, el jamón le comenzaba a pedir agua, y no vio otra escusa mejor para saciar su sed.

La abuela salió del gallinero con toda la cesta colmada de huevos, había pensado hacer un pastel para la merienda. Tatiana animó a sus primos a ayudar a su abuela a hacer el pastel. Mientras la abuelita ponía las claras a punto de nieve, Tatiana horneaba el biscocho en el horno y sus primos cortaban con mucho cuidado las fresas para el adorno. Llamaron a la puerta del jardín, era Benita la vecina de enfrente que necesitaba limones para un asado, la anciana acompañó a su vecina hasta el limonero. Mientras, Tatiana dispuso en el fuego una cazuela para deshacer el chocolate que más tarde bañaría la tarta. Entonces escondió el guante del horno, y el bizcocho estaba a punto, incitó a sus primos para que la ayudaran a buscarlo, y cuando estaban despistados cogió cuatro cuadraditos de chocolate y los guardó en el bolsillo para comérselas luego. Aparentó sorpresa cuando encontró el guante que ella misma había escondido, por fin llegó la abuela, y sacó el bizcocho del horno justo antes de que se chamuscara.

Una vez terminada la tarta, la abuela sacó de la despensa el puchero y lo puso a calentar, Tatiana decidió ir al baño, debía comerse el chocolate antes de que se le derritiera. Cuando abrió la tapa de la cazuela cuatro garbanzos solitarios acompañaban a un trozo de tocino, la abuela se echó las manos a la cabeza “¿Qué le ha pasado al cocido?” mientras se dirigía al salón donde Cipriano el abuelo estaba conversando con el resto de la familia.

Macarena y Daniel se asomaron a la cazuela, y se echaron a reír, a ellos no les gustaban las legumbres, su plato favorito eran los huevos fritos. Luego corrieron al salón querían saber quien se había zampado el cocido. La abuela pensó que había sido su marido, y mientras los mayores averiguaban Macarena se acordó de que cucurucho lamió las manos de Tatiana porque tenían pringue. En todo esto apareció Tatiana por la puerta limpiándose la boca.

“Yo tengo una teoría” dijo Macarena “ La abuela un día me contó que hay una bruja mágica que se cuela incluso por las rendijas de la puerta, ¿Y si esta bruja estaba hambrienta? Tal vez esté ahora presente y no la podamos ver.” Mientras contaba esta fantasía la niña observaba a su prima, pero esta aun degustaba el sabor que le había dejado el chocolate y no prestaba atención. Los allí presentes no tomaron en serio a la niña, y las mamás de los niños fueron a la cocina para seguir averiguando. Casualmente la comida de los vegetarianos estaba completa, a aquella bruja le gustaba la carne.

La abuela preparaba espaguetis para todos, y repartía los manjares en la mesa. Los niños ayudaban a la abuela como de costumbre, Tatiana escondida se reía de todos ellos, pensaba que nadie se había dado cuenta. Y comenzaba a relamerse pensando en el pastel.

Después de comer, los hombres se fueron a ver un partido de futbol en la televisión, mientras ellas revisaban el jardín para trasplantarlo por completo, la anciana pedía a sus hijas y a su nuera consejo sobre las plantas que iba a poner nuevas. Los tres niños se fueron a la habitación de la abuela y se acostaron a dormir la siesta, cuando llevaban un rato Tatiana observó que Daniel roncaba como un tronco y Macarena dormía plácidamente con su boca abierta. Así que decidió ir al frigorífico y probar el pastel. Macarena que se hacia la dormida siguió a su prima hasta la cocina, estaba casi metida en el frigorífico, con la cabeza encima del pastel, se lo comía a mordiscos, sin cuchara para no dejar pistas, pero su prima que la observaba salió por la misma puerta que había entrado y recorrió toda la casa, hasta llegar al jardín. “Tenéis que venir a la cocina, la bruja está allí, se está zampando el pastel” dijo la niña alentándolas.

“Tatiana, tus caries, que vergüenza” dijo la madre, mientras ésta señalaba para la puerta, “Ahora mismo se acaba de ir un gato pardo que se estaba comiendo la tarta” dijo Tatiana que no se había percatado de que su boca manchada de chocolate, nata y fresas la delataba. “Ya está bien de mentiras ,confiesa que  también te has comido el almuerzo de todos, bribona” dijo Macarena enfadada, su prima no había dejado croquetas bastantes y no había conseguido probarlas.

La niña comenzó a llorar, no por la regañina sino porque le dolía la tripa, había comido demasiado, llevaba dos días atiborrándose y su estómago no daba para más. De pronto comenzó a vomitar todo lo que faltaba en la despensa. La recostaron en el sofá y su abuela le preparó una manzanilla para limpiarle la barriguita. Entre lágrimas y lamentos, confesaba su delito, y también lo cansada que estaba de comer siempre lo mismo.