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miércoles, 30 de septiembre de 2015

SIEMPRE PERFECTA




Gloria jugaba en la playa con un niño pequeñito cuando encontró un anillo, le sopló con fuerza pero la arena incrustada no se desprendió del todo, se acercó a la orilla y sentada lo frotó entre sus manos hasta que lo dejó reluciente, entonces sí podía contemplar lo bonito que era, con su oro brillante y con aquel corazón de frase tallada en relieve, que decía “Princesa para siempre”.
Cuando llegó a casa se fue directa a su cuarto, abrió el baulito de los tesoros y lo escondió en un rinconcito, era su secreto, si se lo contaba a su madre le reñiría, porque siempre le decía que no cogiese nada del suelo, pero ella que una vez tras agacharse a por una moneda, le dijo que nunca cogiese porquerías, pero si algo valioso o reluciente.
Pasados tres días, la luna brillaba en su cielo estrellado, y con ella el anillo, por las ranuras dejaba pasar unos maravillosos rayos despertando a Gloria en mitad de la noche, se frotó los ojos, creyó soñar, se levantó a oscuras para no despertar a sus padres, y descalza se acercó, al abrir el baúl todo el cuarto se llenó de una luz dorada como si allí dentro hubiese entrado el sol, cogió el anillo, se lo puso, y mientras se abrían sus dos mitades sonaba una alegre canción, se levantó un remolino mágico y apareció una pequeñísima princesa, que ablando en verso decía ser una especie de hada madrina, que le permitía cumplir un solo deseo, la niña que soñaba con el momento de hacerse mayor y vagabundear sin el control de un adulto por la calle, pidió tener la mayoría de edad, la princesita con un estornudo desapareció, tras una ruidosa exclamación de inconformidad de la niña su madre abrió la puerta, y la pilló insultando a un trozo esférico de metal en mitad de las sombras, extrañada, la acompañó hasta la cama, y tras arroparla tiró por la ventana aquel inútil objeto, contemplando la posibilidad, que de haber enfermado, ya no le serviría como hija perfecta, y que como izo con las anteriores, tendría que deshacerse de ella.

martes, 30 de junio de 2015

CAMILA, LA PEQUEÑA PRINCESA (2ª Parte)



Camila bajó de un salto del taburete, y corriendo volvió al merendero, cogió sus pinceles y siguió con la escena de los pájaros comiendo. Había oído mencionar en los libros caballerescos que los príncipes iban a palacio a conocer a sus princesas, que se enamoraban a primera vista y que eran felices para siempre. Su imaginación no la dejaba concentrarse y los gorriones no se estaba quietos. La nana vino a buscarla, y la ayudó a recoger el desbarajuste que formaba con sus instrumentos cada vez que pintaba.

Una vez en su cuarto, escogió el vestido nuevo, ese que sus padres le obligaban a tener sin estrenar por si venía alguien importante a quien impresionar. Como hacía tiempo que se lo regalaron y nunca se lo había puesto le quedaba corto y estrecho. La nana que con los años tuvo que aprender a remendar vestidos pero esta vez no tenía tiempo para eso, tuvo que buscar una idea para salir del paso. Cortó un trozo de tela de otro vestido más viejo, le remendó los filos y le cosió un lazo, luego como si de una capa se tratase se la echó por los hombros.

Una de las criadas llegó para avisar de que la estaban esperando en la sala. Camila se había soltado el pelo, con el tiempo se lo había dejado largo, los rizos le rodeaban su cara rechoncha, se dio un par de pellizcos para dar color a sus mejillas, respiró hondo, y caminó lo mas estirada posible. Los tres permanecían sentados en la misma posición anterior, él se impresionó al verla, se sonrío y le hizo una reverencia.–Este es tu primo Hernán que viene a vivir con nosotros- Dijo el Rey. Ella ni parpadeó, se rodeo sin mediar palabra y salió corriendo pisándose la capa y rompiéndose el vestido. Encerrada en su cuarto permaneció llorando hasta que se quedó dormida. La nana no pudo abrir la puerta, estaba cerrada con llave, y decidió dejarla tranquila para volver más tarde.

Cuando la nana entró en el cuarto Camila estaba sentada en el escritorio, escribía una carta a su abuelo, quería ir a verlo. No soportaba un día mas de cautiverio, demasiados años había consentido aquello. Ella sabía que sus padres no habían traído a su primo de casualidad, que todo era parte del plan que tramaron tiempo atrás. Pedía ayuda, que viniesen a buscarla, que no le importaba ser Reina que ella solo quería ser libre, y dejar de sentirse humillada y fea.

Pasaron los días y no había recibido respuesta alguna, la nana fue la encargada de poner la carta con el correo oficial. Los criados limpiaban de forma exhaustiva y adornaban el palacio con flores y cintas, las alfombras reales habían sido extendidas, todo indicaba que pronto habría una fiesta. La princesa, mientras esperaba siguió con su quehaceres habituales, sus padres paseaban y charlaban con el usurpador, y él alardeaba como si todo aquello fuese de su propiedad. 

Como de costumbre fue avisada para que permaneciera encerrada toda la noche, ordenó que le sirviesen la cena en su cuarto. Ella no lo discutió, desde que le presentaron a su primo terminó de dirigirles la palabra. Pero ella pidió que no le subiesen la comida, no iba a cenar. La nana ya la esperaba para ayudarla a ponerse el vestido que le había estado confeccionando a escondidas, era tan amarillo como el sol, sin grandes abalorios, sencillo, con caída y de cola. Se recogió el pelo en un moño, dejándose algunos mechones sueltos. Abrió el cajón de la mesilla donde había guardado la corona de su abuela, la que usó ella antes de casarse.

Cuando todos ya habían llegado a la fiesta, a la presentación de su primo Hernán, bajó ella por las escaleras. Todos la miraban atónitos, preguntándose quién era. Antes de que llegase al último escalón la madre se acercó a ella para ordenarle que subiese y se encerrase en su cuarto. -¿Quién es esta niña tan mona?- Preguntó uno de los presentes con ironía. – Ni tan niña, ni tan mona o no me tendrían recluida- contestó Camila enfurecida. –Yo soy la princesa de Faro Luna, hija de los Reyes y esté mi primo, solo, un usurpador- prosiguió.

El padre la agarró del brazo y la subió casi a rastras hasta su cuarto, su madre mientras tanto disculpándose con los invitados dijo –Es débil y enfermiza, no lo tengan en cuenta, los médicos afirman que no está bien de la cabeza. Voy a ver que todo está en orden, bailen y diviértanse, que continúe la fiesta.-. Cuando subió, padre e hija discutían, ella se unió a los reproches y la nana apareció para defenderla de las acusaciones, y del castigo que querían inculcarle. La madre preguntó si ella había cosido ese vestido, y por tanto al haberla ayudado a desobedecer las órdenes fue despedida esa misma noche.

Luego bajaron a la fiesta como si nada y se integraron en el grupo de baile. Los invitados cuchicheaban, muchos de ellos eran amigos desde siempre y nunca la habían conocido, ni tan siquiera sabían de su presencia. Los habitantes de Faro Luna esperaron durante años a que los Reyes trajesen hijos, luego fueron informados de que el sucesor sería su sobrino y convencidos de aquello todos habían vivido.

A la mañana siguiente los pregoneros informaban del ocultamiento de una hija, y todo el pueblo se puso de acuerdo para ir a la puerta del castillo a pedir explicaciones por el funesto engaño y a que fuera presentada a todos debidamente. Mientras la gente se iba agolpando al otro lado del estanque, en el interior todo era tragedia, Camila lloraba y lloraba porque la nana había sido despedida y  hacia las maletas después de haberla cuidado como una buena madre. –A pesar de todo merece la pena, así saben de tu existencia, ahora todo cambiará para ti- dijo abrazándose a la princesa.

El Rey mandó un mensaje a través de uno de sus sirvientes –Tranquilizaos, que vuestro Rey no os a fallado jamás, mi hija es enfermiza y por eso no puede reinar, como venía establecido mi sobrino Hernán hijo de mi hermana Florencia será el próximo Rey de Faro Luna.- leyó con las determinantes palabras escritas de su puño y letra. Los habitantes se dispersaron y volvieron a sus obligaciones rutinarias conformados al mensaje escuchado.

A la tarde cuando todo estaba tranquilo descendieron el puente para que pudiera salir el carruaje donde marchaba la nana. Camila sentada en el mirador veía con lágrimas en los ojos como su compañera de juegos, su comprensiva guardiana de sueños se iba por un camino polvoriento y ondeando su mano se despedían con triste melancolía. Permaneció allí sentada hasta que oscureció mirando el horizonte por donde se había disipado el carruaje.

Su profesora subió a buscarla, era la hora de cenar, sus padres y su primo la esperaban en la salón, pero ella se negó a cenar con ellos, y pidió que desde ese momento le subiesen a su cuarto la comida. Abrió una de las ventanas de par en par y acercó la mesita que tenía entre ambas, y mientras miraba la luna llena reflejándose en el mar casi sin apetito cenó desconsolada. Las últimas palabras de la nana le vinieron toda la noche a la mente – Se fuerte y lucha por lo que te pertenece-  

Se levantó tarde, una de las criadas llamó a su puerta varias veces con el desayuno pero no le abrió, ni a ella ni a su profesora, no tenía ganas de ver a nadie. Entre sueños escuchó un canto diferente, un pájaro posado en su ventana, abrió los ojos, el sol inundaba la estancia, y un precioso ruiseñor cantaba al filo de la reja. Se levantó, se acercó a el y extendiendo su mano se posó en ella para luego batir sus alas y ondear su vuelo, marchándose con su cante a otro lado.

Por debajo de la puerta le habían pasado un sobre, se aproximó, era la carta que esperaba de sus abuelos. Entre sus palabras -Lo sentimos, pero no podemos ayudarte, somos mayores para hacernos cargo de ti, permanece en palacio que es donde debes de estar, aunque no llegues a ser Reina, nunca te ha de faltar nada. Procura encontrar un marido y tener hijos, se feliz pequeña.- Otros que se habían rendido a las ordenes, todos estaban en su contra.

Se vistió y pidió que le sirviesen el desayuno en el merendero, observaba el camino igual que la noche anterior. De momento no podía perdonarles lo que le habían hecho. Elena llegó para darle conversación un rato y para que se decidiese a volver a las clases, el piano de cola la estaba esperando, y Luna relinchaba desde la cuadra, quería salir a pasear por los jardines de palacio.

Se puso el traje de montar, prefirió estar con su yegua antes que en el salón en presencia de su madre, donde ahora permanecía el piano. Rodeaban como de costumbre una y otra vez el mismo lugar, Camila le pidió a Elena salir de palacio a ver otros paisajes, pero le dijo que de incumplir las ordenes la despedirían a ella también. Le propuso para cambiar la rutina poner algunas vallas de poca altura para intentar saltarlas.

Pasado un mes, el pajarillo cantor volvió a su ventana para despertarla. Se levantó de un salto y se acercó a él, cantaba con alegría como si la vida se le fuera en ello mientras movía su cabecita con un vaivén muy gracioso. Pensó en buscar una red y cazarlo, meterlo en una jaula y que cantase para ella todos los días, pero no sería justo para él, porque se sentiría como ella.

Sus padres volvían a dar una gran fiesta, el Rey celebraría su medio siglo. Todo el castillo florecía, los sirvientes no paraban de un lado para otro y ella seguía sin existir. Pintaba en el faro, había decidido cambiar de escenario, su madre llegó para avisarle de que no estaba invitada a la fiesta, que si preguntaban por ella dirían que seguía enferma. Camila no mentó palabra alguna.

La cena la tomo en su cuarto, y desde la ventana observaba como los invitados iban llegando. Todos engalanados de pies a cabeza, ellos con traje y ellas con vestidos ostentosos que sin falta de complementos ni de joyas, brillaban en la oscuridad. Ella se sentía fuera de lugar, como un espectador de teatro al que no le permiten aplaudir al terminar la obra. Se introdujo por el pasadizo hasta llegar a la rejilla del salón, allí sus padres junto a su primo recibían a los presentes. Entró en la habitación de sus padres, abrió el armario, y la puertecilla que daba al cofre donde guardaban el dinero y las joyas. Luego volvió a su cuarto, soltó el dinero que había cogido y las joyas que su abuela le había regalado y que no le dieron jamás. Regresó al pasadizo, y salió a la zona de la servidumbre, frente a los dormitorios, y a los lavaderos, allí tendían la ropa, cogió el pantalón, la camisa y el jersey de uno de los hijos de la cocinera, y un sombrero de paja que colgaba de un clavo.

Ya en su cuarto, se vistió con los ropajes incautados, se cortó un poco el pelo con unas tijeras, y se recogió el sobrante en una cola para ponerse el sombrero. No había encontrado calzado a su medida pero se puso las botas de montar. En una bolsa de tela, guardó sus pertenencias más preciadas y salió hacia las caballerizas. Se montó en su corcel y salió de palacio, en el puente un criado la detuvo, y ella sin que le viesen la cara le mostró una carta con el sello del Rey comentándole que era de entrega urgente.

A galope marcho por el único camino, el mismo que daba a cualquier lugar fuera de los muros, fríos e injustos donde siempre había vivido. Se detuvo y miró hacia atrás, nada había cambiado, nadie la seguía, y sonriente continuó. La noche estaba clara, la luna desde lo más alto de cielo la acompañaba. No tenía miedo, todo lo contrario, por fin podría ver más allá, cambiar de  paisajes, de gente,  despedirse del encierro.

Estaba cansada, llevaba horas montando, tenía sueño, y decidió dormir a los pies de un árbol, ató la yegua a la rama de un almendro, encendió un fuego como lo había observado de los pescadores y durmió hasta que salió el sol, entonces continuó su andadura. No muy lejos encontró el pueblo, sus gentes trabajaban incluidos los niños grandes, los pequeños los que aun no se valían por si solos sentados mirando de un lado para otro la gente pasar mientras que sus madres ofertaban comida en el mercado.

Se acercó a una taberna, y entró a desayunar, algunos la miraban con curiosidad, se sentó en una mesa y la camarera se acercó, antes de servirle la leche y pastel que pidió le preguntó si tenía dinero para pagarlo. Le enseñó una moneda, y mientras comía, un hombre de los que tomaban vino se le acercó para saber de dónde había sacado el dinero, Camila se limitó a comer y se marcho sin contestar, el hombre la siguió hasta la puerta, ella desató a la yegua y la montó, dejando al borrachín con la palabra en la boca.

Por un momento temió que la descubriesen y le entraron las dudas, para entonces en palacio ya la estarían buscando y no le quedaba más remedio que continuar su marcha, ya en las afueras, en el camino, se paró un momento para mirar atrás, a lo lejos podía ver el mar, y una de las torres del castillo. Allí había dejado encerrada su vida acomodada, ahora no sabía cuál sería su destino, pero aún así continuó por el camino, ya no había casas, ni gente, solo campo, arboles, piedras y mas arboles.

De nuevo llegó la noche y durmió debajo de un árbol después de encender fuego, esta vez no se le había olvidado comprar comida, por momentos echaba de menos los guisos de la cocinera, y esa cama de lana tan mullida. No podía conciliar el sueño, en el bosque había ruidos de todas partes, estaba asustada, sabía por los libros que en ellos habitaban lobos, serpientes, pajarracos, insectos , reptiles, y tenía miedo, al final se quedó dormida con un cuchillo en la mano.

Cuando llegaba el día , la tierra temblaba, no sabía qué hacer, se quedó parada, inmóvil, esperando que pasara, pero vio que entre unos matorrales lejanos unos pies enormes se acercaban, se montó y cabalgando a Luna se introdujo aún más en el bosque, no sabía qué hacer todo le parecía igual, arboles y mas arboles. Continuó por un pequeño camino peñascoso, hasta que encontró una pequeña cascada que brotaba entre una rocas, se acercó a beber, el agua  limpia y fresca le costó ser atrapada en una red.

El cuchillo lo tenía en la mochila que colgaba de la yegua, y por muchos tirones que diera no conseguía salir de la trampa. Al poco rato la tierra comenzó a temblar y apareció un hombre enorme, los arboles eran pequeños al lado de él, nunca pensó que existiesen, entre tantas fabulas y cuentos que iba a pensar ella que los gigantes vivían no tan lejos. Gritó, pataleó pero de ninguna manera pudo soltarse de la mano que la apresaba. Su corcel asustado salió corriendo.

La llevó a su casa y más tarde apareció con la barba afeitada, el pelo greñudo limpio y vestido con mejor ropa, en su mano traía una jaula, la metió dentro, y la llevó por la calle exhibiéndola, diciendo que había cazado uno de ellos. La llevó al castillo del Rey Constancio, y se la mostró para recibir el premio que entregaban al que llevase un duende.  El gigante marchaba a casa contento con el botín en la mano después de dejar a Camila.

-Majestad, yo no soy ningún duende, simplemente soy de tamaño diminuto, mire mis orejas, no acaban en punta, soy la princesa de Faro Luna- dijo ella. El Rey comenzó a reírse – ¿Que se le ha perdido a la princesa tan lejos de palacio y con esas fachas?- Preguntó. – Escapé, me tenían encerrada, hace poco que los habitantes de Faro Luna han sabido de mi existencia y mis padres no me quieren, al parecer por mi tamaño y el culpable es un hechizo. El sucesor de la corona será mi primo y yo me tendré que limitar a permanecer de arrimada toda mi vida sin tener opinión alguna. Pedí ayuda a mis abuelos pero se han puesto de parte de ellos, y busco un lugar donde ser feliz.- respondió con tristeza. – Que pequeño es el mundo, y pensar que yo soy el culpable de tu desdicha, mi hijo el menor, se le escapó a la criada encargada de cuidarlo y llegó hasta el pueblo, los campesinos lo apresaron y lo llevaron ante tu padre, no tuvieron piedad y lo mataron. Solo tenía cinco años, era inofensivo, el sabía que no podía ir lejos y que existía otras gentes a las que no podía acercarse, pero no hizo caso. – Mientras contaba la historia sus ojos se llenaron de lágrimas.

-Lo siento por usted, pero ¿Qué culpa tenía yo que ni siquiera había nacido?- preguntó conmovida. – Era una forma de vengarme, mandé llamar al mago del bosque, que envió una paloma con un mensaje, tu madre la recibió por su ventana, el texto decía : No serás feliz con tu hija y nunca tendrás mejores que aquella que llevas en el vientre. La pluma con la que había sido escrito contenía la pócima. Más tarde cuando naciste supe por el mago que había dado resultado y procuré olvidar lo sucedido. El color de tu pelo es el mismo que tenía mi hijo. No tengo nada en contra tuya, tú has sido otra víctima, te dejaré marchar si es lo que deseas. – contestó. – Mi caballo a escapado y no tengo dinero, no sé qué hacer. Lo único que tengo claro es que no quiero volver.- contestó Camila. -Los aposentos son demasiado grandes para ti, pero mi hija aún guarda su casa de muñecas, te puedes quedar allí hasta que quieras.- Comentó. – Muchas gracias, quisiera descansar si fuese posible- Dijo Camila levantándose del dedo índice del Rey.

A la mañana siguiente Camila despertó temprano, la cama de madera le había sido mas incomoda que el suelo del campo. Emilia la hija del Rey la observaba, buscó en un baúl de la misma casita, donde guardaba vestidos de sus muñecas y se los ofreció para que cambiase su vestimenta, luego la llevó a desayunar. - ¿Quieres que envíe un criado a buscar al mago del bosque para que deshaga el hechizo?- preguntó el Rey. – Voy a cumplir dieciséis años, y siempre he sido bajita, ya me acostumbre a ver las cosas desde esta posición y yo no tengo porque cambiar. Son mis padres los que viven acomplejados, no yo.- Contestó-  ¿Has pensado ya, que quieres hacer con tu vida?- preguntó el Rey – Tengo claro que al castillo no quiero volver, al menos de momento. Sé, que quiero ser independiente, que tendré que ganarme la vida. No sé hacer gran cosa, durante todos estos años me he limitado a pintar, a montar a caballo, a tocar el piano, a leer toda clase de libro y a escribir. ¿Qué ahogo con mis aptitudes artísticas? – dijo Camila. – Aquí tenemos un pequeño colegio, los niños apenas saben leer y escribir, la profesora es muy anciana y enferma a menudo, ¿Quieres enseñarles tu? Podrás seguir pintando en los ratos libres, y a mí me vendría muy bien un nuevo retrato, uno que tenga otra perspectiva.- Sugirió el Rey. – Superáis sin duda mis expectativas, encantada de trabajar para usted.  Contestó Camila al Rey.

lunes, 15 de junio de 2015

CAMILA, LA PEQUEÑA PRINCESA (1ª Parte)



Todo estaba listo para la llegada de la futura Reina del faro, en el castillo no faltaba un rincón por adornar de flores, el estanque que rodeaba la entrada había sido limpiado con esmero, el Rey había ordenado eliminar todos los renacuajos, las moscas y los mosquitos, no quería que su dulce niña fuera molestada por ningún bichejo de los alrededores. Los únicos que se salvaron de la muerte fueron los grillos, apresados para que cantasen canciones de cuna.

El vigía había dado la señal y las trompetas avisaban de la llegada del carruaje, abrieron el puente y salieron dos sirvientes a extender la alfombra roja desde la entrada principal al coche de caballos, para que su esposa no se ensuciase los pies de barro. El Rey fue a reunirse con sus queridas. La primera en salir fue Alicia la Reina de Faro luna,  El Rey Augusto la saludó con un beso en la mano como hacia siempre que se reencontraban en público, preguntó por ella, por la pequeña heredera del trono, venía en los brazos de la nana que la cuidaría, cobijada en una manta de lana de borrego montañés.

A pesar de las esperanzas del  Rey por que el hechizo no hubiese tenido éxito, su hija no era tan fuerte y bella como el la esperaba. Su menudencia, hacia que sobrasen metros de manta cuando no eran de gran tamaño, tenía una cara muy pequeñita, redondita cual naranja y blanquita, no se sabía aún de qué color tenía el pelo puesto que no tenía uno para analizarlo. Aproximo su mano para tocarla, era hija suya a pesar de todo, le rozó uno de sus carrillos con ternura y ella abrió los ojos para mirarlo, había despertado del sueño profundo en el que se había sumergido durante el trayecto, ni el traqueteo del coche había conseguido despertarla.

-Querida Camila, me alegro de conocerte.- Le susurro para no asustarla con su voz grave, quería que poco a poco lo fuera conociendo para que así no llorase, ella lo miraba fijamente tan extrañada por su presencia como el de su aspecto. La nana le pareció demasiado joven, inexperta para cuidarla, pero la Reina lo convenció al explicarle que ella no tenía pecho para darle, que la escogió porque amamantaba a otros bebes en su aldea tras perder al suyo propio, y que la niña quedaba satisfecha después de cada toma.

Su alcoba era la más cercana a la de la Reina y digna de su título, engalanada hasta el último detalle por orden del Rey que ilusionado esperaba a su primogénita. Las paredes habían sido cubiertas con las mejores telas de colores, así el ladrillo del castillo estaría más reservado del frio. Las cortinas eran de satén rojo recogidas con unas tiras de encaje blanco, el suelo estaba cubierto de alfombras para que pudiera gatear cuando fuese más grande. La cuna de madera de nogal mecería su cuerpecillo para que durmiese en el colchón mejor mullido de lana.

Tendrían que pasar varios años para que la cuna se quedase pequeña. Al llegar su quinto cumpleaños le regalaron una cama blanca de forja, un nuevo colchón, muchos vestidos, y juguetes, pero no se encontraba satisfecha, había algo que le hubiese gustado mucho más, lo había odio mencionar pero no sabía cómo era y en palacio no había ninguno. Sentía cuantiosa curiosidad por mirarse en un espejo. Triste pidió a la nana que la acompañase al faro, quería subirse en su taburete y ver los barcos.

Los pesqueros atracaban en el muelle, las gaviotas buscaban sus presas de media tarde y ella se sentía apresada como los peces en sus redes. Notaba por los demás que algo extraño pasaba, no podía salir del castillo y no la dejaban asistir a las fiestas, encerrada en su cuarto debía de permanecer siempre que asistiese alguien extraño. Su nana era para ella algo más que eso, no solo la cuidaba y velaba por su sueño, también le proporcionaba algo que sus padres conforme fue creciendo dejaron de darle, cariño, solo pedía eso.

Sus padres habían intentado en varias ocasiones tener más niños, para darle un hermanito le decían a ella, pero el motivo principal era buscar un bebe bonito al que mostrar a los demás nobles. Pero el hechizo no solo condicionó al bebé que esperaba, también produjo fetos débiles que nunca llegarían a nacer.

Un día jugaba con la nana lanzándose una pelota de trapo hasta que resbalándose de las manos de Camila rozó la pared y un pequeño clic sonó detrás de las telas que rodeaban el cuarto de la pequeña princesa. Le pidió a su compañera de juegos que la ayudase a tirar de las telas sujetas a la pared, consiguieron quitar bastante como para poder ver que tras ellas había algo oculto, un pasadizo. La niña cogió una vela del candelabro de la cómoda y se adentró en la oscuridad, temerosa por lo que pudiera pasar la nana pedía que aguardase, pero ella no la quiso escuchar.

Prosiguieron hasta encontrar más pasadizos, la nana insistió en volver, pero a Camila por momentos le aumentaba la curiosidad y se negó, giraron a la derecha donde encontraron dos puertas una frente de la otra, y al final una especie de mirilla. Pidió que la tomase, quería asomarse, la rejilla daba al pasillo justo enfrente del despacho del Rey. Iluminó a una de las puertas, -¿Cómo se abrirá esto?- preguntó. –Volvamos es la hora de la cena-  contestó la nana. Camila miró las velas y asintió con la cabeza, estar allí le pareció arriesgado, se podían quedar sin iluminación y sus padres se extrañarían de que llegasen tarde al salón.

Al llegar a la habitación, la nana se dio cuenta de que la niña se había ensuciado el vestido al rozarse con las paredes polvorientas, fue al armario y sacó uno limpio, le ayudó a ponérselo y la acompañó al salón. La mesa estaba servida y los Reyes esperaban impacientes a su hija que llegaba diez minutos tarde. Le preguntaron por el cambio de vestimenta y por tu tardanza. –Derramé cera en mi vestido mientras jugaba, y no encontraba una lo bastante bonito- Explicó.

Más tarde ya en su cuarto la nana le riñó por su embuste y le dijo que no quería que volviese al pasadizo que si lo volvía a hacer se lo contaría a sus padres y la castigarían. Amohinada se quedó dormida, ella quería ver algo más que las paredes de piedra del castillo, y no se conformaba a las vistas marinas desde el faro. Le parecía interesante la forma que tenían los pescadores de coger los peces, y de cómo se movían para escaparse, pero eso le parecía poco, ella quería ver más allá.

A la mañana siguiente nada más abrir los ojos ya estaba lista para seguir con su andadura. Aún era temprano, al menos no su hora habitual de levantarse, quedaban varias horas para que su nueva profesora viniese a palacio. Sus padres creían conveniente que comenzase a estudiar idiomas, geografía, matemáticas, literatura… todo lo que una Reina debía de saber. Su nana desde muy pequeña le enseñó las primeras letras, y poco a poco a leer y a escribir, de cuentas solo a sumar y a arrestar.

Se puso una bata y movió el trozo de tela que ocultaba la puerta para el pasadizo,  rebuscó con su pequeña mano entre los ladrillos hasta que encontró un saliente en uno de ellos y apretando se abrió, cogió una vela y prosiguió con su aventura hasta llegar donde el día anterior lo había dejado. Iluminó buscando una similitud, todas debían de abrirse de la misma manera y así fue, encontrando el ladrillo amañado abrió otra puerta. Ya sospechaba que esta diese al cuarto de sus padres, sin inmutarse volvió a cerrar, no quería que la castigasen y sus padres aún dormían.

Siguiendo el orden, la siguiente puerta debía de dar a la habitación principal de invitados, allí se alojaban sus abuelos cuando venían de visita. Con paciencia contemplaba la estancia, no la recordaba tan grande, tal vez porque la abuela siempre traía muchos baúles llenos de vestidos, zapatos y joyas. Las criadas habían limpiado días antes, eso indicaba que pronto vendrían. Las sábanas que ocultaban los muebles estaban quitadas y el suelo había sido encerado. Se sentó en la silla del tocador, el espejo al igual que en todo palacio estaba quitado y mas parecía una mesita de escritorio que otra cosa. Lo recordaba más bonito, tal vez fuese porque la abuela siempre solicitaba que pusiesen encima un jarrón de flores, además, de todos sus perfumes y ese pequeño baúl donde guardaba las joyas.

Escuchó pasos, las criadas se acercaban, antes de irse su intuición la premió con un impulso, abrió el único cajón del tocador que se resistía a ello, estaba algo atascado. Sonriente salió corriendo para esconderse en los pasadizos, no antes de llevarse algo que andaba buscando. Volvió a su cuarto, se sentó en la cama y quitó la funda que ocultaba un espejo de mano. Lo levantó a la altura de su cara, por fin podría saber qué aspecto tenía, su cara, al igual el resto de su cuerpo era muy blanca, tenía algo que llamaban pecas por toda la cara, los ojos muy redondos y negros como la oscuridad, le brillaban vivamente mientras se miraba, su nariz y su boca muy pequeñitas, y rosadas como sus mejillas. Lo que no acababa de entender era el color zanahoria de su pelo, siempre lo llevaba recogido. Sus padres eran morenos de tez y de pelo - ¿A quién habré salido yo?- Se preguntaba ella cuando la nana apareció por la puerta.

Al pillarla de improviso no le dio tiempo de guardar el espejo, le preguntó de dónde lo había sacado y ella dio la callada por respuesta. La ayudó a vestirse, le puso un vestido nuevo que la Reina había encargado para la ocasión, desde que llegó a palacio tras su nacimiento en casa de los abuelos, la niña no había sido presentada a nadie. Quería que la profesora venida desde el extranjero se llevase una buena impresión.

Tras desayunar la llevaron a la biblioteca donde la esperaba Elena la nueva profesora. Ya había dejado sus pertenencias en su dormitorio, en la zona del servicio. Había desayunado en la cocina y con la mesa dispuesta de libros hacia tiempo contemplando las vistas desde la ventana. Ya le habían explicado para que no se extrañase del tamaño de Camila, nada más verla se acercó a ella, se agachó y le hizo una reverencia. -Encantada de conocerla, princesa- dijo dulcemente. A la niña le gustó, se la había imaginado de otra manera, por todos los cuentos leídos sabia que las institutrices tenían fama de feas y malvadas.

La nana al ser el primer día se quedó con ellas, cogió un libro y se sentó en un cómodo sillón orejero, así las tendría vigiladas además de descansar un poco de sus obligaciones. La profesora comenzó por ponerla a leer, tras las primeras letras escuchó un carruaje, cascos de cuatro caballos. El sonido era conocido, dio un salto de la silla y salió corriendo. Ambas se quedaron con la palabra en la boca llamándola, pero no les izo caso, y siguió hasta llegar a la entrada del castillo, venían sus abuelos.

Se abalanzó a los brazos de su abuela como ya era habitual cada vez que venía, llevaba desde el verano pasado sin verlos. El abuelo estaba más envejecido que nunca y usaba una especie de bastón muy largo y dorado. - ¿Por qué llevas este palo tan largo y brillante?- preguntó Camila. –Es el bastón del jubilado del club de ajedrez, te lo regalan cuando cumples ochenta años y uno más joven te gana por primera vez- contestó orgulloso de su afán como ajedrecista. –Pues yo quiero aprender y que me den uno de estos- contestó la niña. –Te enseñaré durante los días que estemos en Faro Luna- prosiguió el. Los Reyes que también salieron a recibirlos mandaron a la pequeña princesa de regreso a la biblioteca, a seguir con su lectura hasta la hora de comer.

Del salón pasaron a la sala principal a tomar café, a ella le ordenaron que fuese a su cuarto a dormir la siesta antes de su clase de equitación. La nana cerró la puerta con pestillo antes de irse. La niña bostezó varias veces y se hizo la dormida, cuando ya no escuchaba pasos se levantó de la cama y salió por el pasadizo. Se adentró mas allá de lo que ya conocía continuando todo recto. Si aquello seguía un orden, en el cuarto pasillo a la izquierda encontraría la sala donde se habían quedado charlando.

Pegó la oreja al ladrillo, pero no escuchaba nada, era demasiado gordo como para dejar pasar algún sonido. Una pequeña luz entraba por una rejilla, pero ella no alcanzaba a asomarse. Volvió corriendo al cuarto a por el taburete del piano, quería saber de sus conversaciones cuando ella no estaba presente, y pronto el abuelo cuando terminase su café y su puro iría a acostarse como de costumbre. A pesar de haber ganado cincuenta centímetros sus ojos no llegaban a ver la escena, pero levemente podía escuchar lo que se decían.

Pasados unos minutos volvió corriendo a su cuarto y se metió en la cama llorando, ya sospechaba ella las cosas feas que decían a sus espaldas. A pesar de que los abuelos defendían la postura de que ella debía de reinar algún día en Faro Luna sus propios padres cansados de intentar tener más hijos preferían que su sobrino Hernán hijo de su hermana fuera el próximo Rey. Escuchó que alguien abría la puerta, se tapó la cabeza para que no la viesen llorar, era la nana que venía a vigilar su sueño. La destapó y vio sus ojos llenos de lágrimas, se abrazó a ella, su cuidadora estaba al tanto de todo lo que ocurría en el castillo, los sirvientes también cuchicheaban cuando ellos no estaban. 

Miró para el piano de pared y vio que el asiento no estaba, le preguntó a la niña y ella sin decir nada giro la vista para donde se ocultaba el pasadizo. Le pidió que le abriese la puerta, y que la acompañase a donde lo había dejado. Lo cogió y lo llevó de vuelta a su sitio. Después de ayudarle a ponerse una vez más el vestido le pidió que la acompañase a dar un paseo por el jardín. Se sentaron en el merendero de las rocas, las vistas del mar eran aún mas relajantes que en el faro, las barquillas flotaban en la orilla y algunos niños se bañaban en la playa. Camila los miraba con tristeza, no entendía que tan horrible tenía ella como para que sus padres no la quisieran, y la ocultasen del resto del mundo.  Incluso los hijos de los pescadores parecían mucho más felices que ella.

La profesora ensillaba al caballo con el que viajaba por todo el mundo, se había colocado el traje de montar y se había recogido su largo cabello negro en una trenza. Zacarías que así se llamaba el animal se mantenía quieto y sosegado mientras que ella le acariciaba sus crines. Uno de los mozos del castillo sacó a Indiana de las caballerizas, el poni que tiempo atrás le habían regalado a Camila. A pesar de su poca alzada tuvo que ser ayudada por la profesora para poder montar.

Dieron largos paseos por los jardines hasta que la princesa cansada se ver siempre el mismo paisaje le pidió a su profesora seguir con el paseo fuera de palacio. Antes de llegar ya le habían informado los Reyes de las condiciones en su trabajo y de que le estaba terminantemente prohibido salir de las inmediaciones, a no ser que fuese para no volver. Su primera clase de equitación no le había parecido del todo desagradable, cuando vio al colorido poni el día que se lo regalaron relinchando y dando pingos se asustó mucho pero tratándolo con dulzura era muy agradable pasear junto a el, por fin había descubierto algo que le gustaba.

Diez años más tarde había cambiado a Indiana por Luna, una yegua blanca de crines plateados. Habían pasado los años pero ella seguía necesitando la ayuda de un taburete para poder montar a caballo. Al llegar al metro de estatura había dejado de crecer, para entonces a pesar de seguir pareciendo una niña, había madurado en cuerpo y mente. Ella misma había cambiado la decoración de su cuarto quitando todas las telas coloridas, la alfombras que mullían el suelo, las cortinas recargadas de encajes, no quería tanto adorno textil. Con tanto tiempo libre y encerrada en palacio, desarrollo varias facetas, entre ellas afianzo su forma de tocar el piano, sus dedos recorrían las teclas con dulzura emanando de ellas melodías de ensueño, aprendió todo lo que su profesora le quiso enseñar de historia, literatura, matemáticas, idiomas, etc. Un día sentada en el faro buscó papel y lápiz y comenzó a dibujar, sus primeros trazos delataban inexperiencia pero con el paso del tiempo usando color y paciencia consiguió pintar cuadros exquisitos, paisajes del mar, de los pescadores, de sus hijos que crecían, de las rocas y sus bichejos, de todo aquello que sus barreras le permitían admirar.

La nana le seguía llevando al merendero el té con pastas como acostumbraba a tomar desde que su profesora Elena se lo aconsejó, cada día lo tomaban las tres juntas contemplando las vistas, charlaban entre ellas de arte, de libros y poesía. Sus padres mientras tanto inmersos en sus obligaciones sociales, los abuelos cada vez la visitaban menos, pero ella seguía practicando el ajedrez para cuando volviese a verlos.

Un carruaje se aproximaba a gran velocidad desde el camino, los pájaros que buscaban alimento en el suelo volaban asustados, el polvo levantado ensuciaba el paisaje que pintaba Camila con acuarelas. Siguió con sus vivos ojos la dirección del coche de caballos, los criados descendieron el puente, se detuvo en la puerta de palacio, los padres salieron a recibir al joven que bajaba del carruaje. Ella extrañada, fue a informarse, entró por la puerta del servicio, siguió hasta la biblioteca y abriendo la puerta del pasadizo fue a escuchar por la rejilla que daba a la sala principal.

Ella no estaba informada de ninguna visita y siempre lo hacían para que no interrumpiese. Subida en un taburete asomó sus ojos por la rejilla, no lo conocía, sería pocos años mayor que ella, su cuerpo estilizado y arrogante se había sentado en uno de los sillones frente a sus padres. Charlaban de forma afable, parecían tener confianza, conocerse. Una de las criadas entró para servir café y el Rey le ordenó que arreglara de inmediato el cuarto de invitados. Luego lo acompañaron a dar un paseo por palacio.
CONTINUARÁ ………………………