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viernes, 29 de mayo de 2015

ASUNTOS SUCIOS



Tortuga analizaba las cuerdas de una vieja bandurria a la cual le faltaba una, su estado era tan dejado como el resto de la casa que se caía a pedazos por todas partes. La detective Flora, intrépida aunque prevenida dejó a Teo cavilando sobre el polvo arrastrado en parte de la bandurria, y siguió buscando por todos los rincones, hasta que encontró el cadáver que colgaba de una viga en una habitación donde el techo no cubría, al parecer se había desprendido hacia ya bastante tiempo y los escombros tirados en el suelo ocultaban lo que anteriormente debió de ser un cuarto de niños. Llamó a Teo, su superior, para que viera el cuerpo del colillero. Permanecía empapado de sangre, le habían quitado los ojos, y con la cabeza casi separada del cuerpo colgaban sus restos de la doceava cuerda de la vieja bandurria.

Mientras esperaban a que viniesen a recoger el cadáver, Flora fotografiaba la escena del crimen y las pruebas que Teo iba encontrando. Cuando llegó el forense bajaron el cuerpo y se lo llevaron para analizarlo. Una vez en comisaría la detective buscó a los familiares para darles la noticia, pero el colillero no tenia familia directa, solo primos lejanos con los que ni tan siquiera mantenía relación. Sus padres habían fallecido cuando el aún era un chaval y comenzaba a fumar, en un despiste se había dejado un cigarrillo mal apagado y la casa había ardido, y con ella, sus padres y su hermano pequeño, él había conseguido escapar por una ventana al ver las llamaradas desde el otro lado del pasillo.

Los vecinos no habían visto nada, o no querían decirlo, el barrio era humilde aunque con algunas familias conflictivas, todos fueron interrogados por el Tortuga, todos tenían cuartada menos una prostituta que rondaba la zona en busca de compañía, aquel día decía no haber ido por allí pero varios vecinos la vieron pasar. La detuvieron como principal sospechosa ya que encontraron un cabello suyo enredado en la cuerda, y colillas en un enorme cenicero de barro que contenían su ADN. En el interrogatorio negó su acusación y contó que aunque el colillero no tenía dinero para sus servicios eran amigos de mucho tiempo atrás y que ella le llevaba sus propias colillas.

Flora era reacia a creer que la joven fuera la culpable ya que la crueldad empleada era excesiva, más acorde a un criminal masculino y reincidente debido a la precisión con la que le habían extirpado los ojos con una simple cuchara, estos los encontraron depositados en el centro del cenicero, arrancados pos mortem. Ella se preguntaba que habrían visto aquellos ojos para llegar a ser víctimas de esa atrocidad. Llevaba poco tiempo en el cuerpo y apenas había detenido a criminales, el caso más conflictivo en el que había trabajado era sobre unos camellos de poca monta liados a navajazos en la periferia. El Tortuga sin embargo estaba a punto de jubilarse y le daba igual detener a un inocente, lo único  primordial para él era tener algún culpable al que detener.

Pasó toda la tarde en el laboratorio observando las pistas y los informes, algo se le escapaba pero no sabía el que. Salió de comisaria, se subió al coche y se presentó en el lugar del crimen. El precinto estaba quitado, desenfundó su arma y con su habitual templanza entró en la casa. No encontró a nadie, todo parecía estar igual que la vez anterior. Fue a la cocina a por un poco de agua, la mesa aún estaba puesta, una litrona y una caja de pizza vacía. Se fijó en el cajón medio abierto de la mesa y fue a inspeccionarlo. Encontró una libreta abierta donde con el intento de diferentes caligrafías una misma frase se repetía “Quiero diez mil euros o voy a la policía”.

Cogió la libreta, estaba casi sin hojas, pasó una tras otra y en la última encontró una dirección y un sobre, tras abrirlo aparecieron dos fotos de un hombre de mediana edad subiéndose a una lancha en el puerto, en una estaba de perfil desatando el amarre, en la otra su rostro se mostraba por completo y en la parte posterior de la lancha se podía observar un bulto de grandes dimensiones. Lo recogió todo y fue a comisaria, había llegado la noche y la mayoría de sus compañeros se habían ido a casa,  solo quedaban los de guardia.

Al amanecer la encontraron dormida en su escritorio, con el ordenador encendido y las fotos en la mano, el cansancio había podido con ella tras haber visto el rostro de todos los delincuentes que tenían registrados. Fue a su casa para asearse y desayunar antes de volver al trabajo, luego fue a la dirección encontrada, estaba a dos manzanas del lugar del crimen, en un edificio de pisos humildes, subió a la quinta planta por las escaleras, giró a la derecha y ante la tercera puerta se paró.

Llamó al timbre que no sonó, luego tocó con los nudillos. Estaba nerviosa, en la academia la habían preparado para todo tipo de situaciones pero en esos momentos, se reprochaba no haber esperado al Tortuga para que la acompañase. Se recolocó la chaqueta para que no viesen la pistola, unos pasos lentos se aproximaban a la puerta, una sombra oscureció la mirilla. Sorpresa la suya al ver que quien la abría era conocido para ella, aún sin afeitar, despeinado y con el pijama, el Tortuga la recibía preguntándose qué hacía allí.

No se atrevió a contarle la verdad temiendo que estuviera implicado y se excusó diciendo que había pasado por allí porque le habían recomendado una cafetería de la zona e iba a recogerlo para llevarlo a desayunar. La invitó a pasar, se sentó en el sofá mientras que el se arreglaba y mirando la estancia sus ojos se pararon en una foto de un estante del salón. Teo acompañado de otros compañeros de profesión, entre los cinco miembros se hallaba el de la foto encontrada en la casa del colillero, en una esquina asomaba la lancha con el nombre de Fabiola, que a su vez era como se llamaba la prostituta encerrada.

En su mente comenzaron a formarse todo tipo de conjeturas, se levantó, miró para el pasillo por donde se había marchado su superior y al escuchar aún el agua de la ducha se aproximó a la foto, la quitó del marco, se la guardó en el bolsillo interior de la chaqueta y el marco lo metió en un cajón. Luego le dejó una nota escrita en un sobre que encontró sobre la mesita, se disculpó y se fue al muelle, allí esperaba encontrar la lancha y a su dueño para interrogarlo pero no vio rastro de ninguno de los dos.

Nada más entrar por las puertas fue al despacho del comisario, el Tortuga aún no había llegado y los demás charlaban del partido de futbol de la noche anterior. Le expuso todas la pruebas y sus razonamientos sobre la mesa, el la escuchaba atentamente. Cogió el teléfono para hablar con alguien, luego le dijo que podía irse y que dejara el tema, que él se encargaba de todo. Cuando ya se iba algo le llamó la atención, entre las fotos de los familiares que colgaban de su pared, asomaba muy sonriente la cabeza del sospechoso.

jueves, 15 de enero de 2015

LOS PASOS DE LA VELA


Caminaba a largos pasos, la noche misteriosa me acechaba con sus interrogantes misterios. Miraba para todas partes mientras diversos ruidos llegaban hasta mí. Sola, recorría una triste carretera sin rumbo fijo, sin casa a donde ir buscando únicamente un refugio para dormir. La mochila me pesaba más de lo normal, sin estar llena de nada apenas podía con ella. El cansancio era superior a mí, apenas había comido en todo el día. Una amable tendera me había regalado un bocadillo de mortadela y una lata de refresco, luego me marche de la tienda agradeciendo su considerable gesto. No todos tienden la mano al pobre, son más los que acostumbran a apalearlos, no quieren gente que afeen sus calles o sus parques. No saben que todos nacemos pobres y con las manos vacías, unas manos inocentes que esperan el alimento y el cariño de quienes los reciben, así somos todos hasta que el camino se nos tuerce, y dejamos de ser adorados para convertirnos en despojos.
Hacía una hora que no pasaba ningún coche por mi lado, no había manera de hacer autoestop, y el alberge más cercano se encontraba a tres horas de camino como mínimo. Me había dado la noche en mitad de la nada. Apenas había luz, y la linterna que llevaba en la mochila hacía tiempo que no tenía pilas. Dejé la carretera tan triste y solitaria como un cementerio, y continúe por un camino de tierra. Apenas había arboles por aquella zona, pero en la oscuridad de la noche pude entrever una encina. Me acerqué a ella y me senté bajo sus ramas, saqué un jersey de lana de la mochila y me lo puse, la noche estaba muy fresca, aunque por la caminata no lo había notado.
Me acomodé en el suelo todo lo posible, su tierra era tan suave que parecía arena. Puse la mochila bajo mi cabeza y me tapé con una pequeña manta de viaje. Ahora el silencio rodeaba todo el campo, unas pequeñas luces en la lejanía indicaban los lejos que me encontraba de la población, cerré los ojos para olvidar todos los estragos vividos, para intentar dormir.
Apenas concilié el sueño cuando las pesadillas invadieron mi mente mientras dormía, de pronto volvieron a ella todas las imágenes que quería borrar. Un ruido me alertó de que no estaba sola, miré para todas partes y no vi a nadie. Se volvió a escuchar el arrastrar de unos pies, y al mirar al frente, vi como una luz caminaba lentamente hacia mí.
La miré fijamente, no parecía que nadie la sostuviera, pero los pies se percibían cada vez más cerca. ¿Quién anda ahí? Dije con voz temblorosa, había recorrido mucho camino, mucho mal de la vida, pero dentro de mi llevaba aún mucho miedo. Mientras la luz se acercaba me sobrevino un olor pestilente, como a podrido, pensé en algún riachuelo cercano, en las cañerías del pueblo.
Me puse de pie, y sujeté la mochila con la mano izquierda mientras que con la derecha rebuscaba en su interior, en alguna parte, en alguno de sus bolsillos tenía una navaja. Por fin la encontré, la abrí y la puse al frente amenazante mientras me colgaba de un hombro la mochila. No veía nada ni a nadie, solo que en la oscuridad de una noche de otoño una solitaria vela estaba cada vez más cerca de mí.
El hedor era cada vez más contundente como si acompañara a la luz. ¿Quién anda ahí? Volví a preguntar, esta vez con la voz menos temblorosa, la navaja me daba la confianza y la fuerza cuando la necesitaba. Se detuvo a dos metros de distancia, y volvió el silencio para ser roto por una única palabra, Ayuda, dijo una voz masculina casi sin fuerza, como el susurro de un moribundo.
¿Quién eres? ¿Qué te ocurre? Dije mientras observaba la extraña situación que vivía, la vela parada en el aire, como si alguien de un metro sesenta aproximadamente la tuviera entre una de sus manos, no iluminaba a nadie, solo dejaba entrever unos forrajes secos del suelo. Apareció una suave brisa, y con su fresco se llevó la peste y apagó la vela. Me mantuve de pie mirando fijamente, pero aquello se había marchado.
Me agaché para recoger la manta y la guardé en la mochila, tras colgármela comencé a caminar hacia la carretera sin soltar la navaja, la empuñaba en la mano derecha con tanta fuerza que casi me dolía. Una vez en el asfalto seguí el camino establecido. El sueño no me permitía dar pasos largos, estaba cansada y asustada después de las circunstancias, temía no haber ayudado a la voz que lo solicitaba, me sentía desconcertada.
Daban las seis de la mañana en el reloj de una pequeña plaza. Me dirigí a una fuente central y bebí un poco de agua, luego saqué una botella de la mochila para rellenarla, después la guardé, vi un banco donde descansar. Me acomodé igual a la vez anterior, solo que esta vez las tablas del banco se me clavaban en las costillas. Un rayo de sol calentaba mi rostro cuando un ruido aparatoso me despertó, tras de mí una mujer de mediana edad levantaba la persiana de su negocio. La miré sin ganas, me sentía cansada, tenía hambre y la manta no abrigaba lo suficiente. Quise regodearme un poco y mantener la misma posición durante un rato más, pero la señora vestida de lujosos trapos me increpó, no quería ante su peletería una apestosa indigente, esas fueron sus palabras. Recogí mis cosas y me acerqué a un señor que salía de un bar, le pregunté por el alberge que dirigía el párroco del pueblo, y me indicó su dirección. Cuando llegué el cura se encontraba en la iglesia, daba una misa de difuntos, me senté en el último banco, el único que estaba solo, no quería provocar otra reacción como la anterior. Esperé a que todos salieran de la iglesia para acercarme al párroco, una vez en su presencia solicité hablar con él. Nos sentamos en un banco y mientras me observaba detenidamente comencé a contarle mi vida, mi apesadumbrado recorrido en ella, y la extraña situación vivida en el trayecto.  
Algunas lágrimas improvistas salieron de mis ojos, yo pensaba que se habían secado, que los remordimientos por haber abandonado a una madre enferma, haberla robado para consumir estupefacientes y haber negado de ella cuando solicitaba mi presencia en su último resquicio de vida habría sido suficiente para secarme por dentro. Pero no fue así y tras haber llorado trágicamente durante tanto tiempo aún brotaban sin consuelo.
El cura me extendió su mano con un pañuelo, me sequé los ojos y después me acompañó hasta el comedor social. Allí me dejó en compañía de una joven voluntaria que me sirvió un tazón de leche caliente y unas tostadas con mantequilla. Tras el desayuno otra mujer me acompaño hasta una habitación, en ella guardaban la ropa donada a la iglesia, me ayudo a buscar algo de ropa limpia, y me mostró el baño.
El agua caliente hizo que mis huesos se reconfortaran después del frio, la ropa olía a suavizante, y me encontraba limpia después de varios días sin ducharme. Cuando me desenredaba el pelo apareció de nuevo a mi mente el susurro quejoso que acompañaba a la vela. El cura dijo que eran cosas de mi mente, que las producía el sueño, pero yo sabía que todo era verdad.
Me quedé durante una semanas en el pueblo, en el albergue me encontraba limpia, me daban de comer y dormía caliente, pero no podía estar allí siempre. Pegunté por varios establecimientos si necesitaban gente, pero todos me negaron el trabajo incluido una peluquería donde anunciaban un puesto para lavar cabezas. La propietaria me rechazó sin escuchar mis referencias, dijo que seguramente tendría piojos.
Sin oportunidad de trabajo había llegado el momento de marcharme, me encontraba organizando mi mochila cuando llegó el cura impidiendo el viaje. Después de contarle la historia de la vela y el susurro llegó a recordar una antigua leyenda de la zona, donde contaban que unos gamberros quedaron a las afueras del pueblo para gastarle una broma al sereno, estos incendiaron la zona. Al parecer el sereno antes de avisar para apaciguar el incendio fue a comprobar que existía, y que el joven que fue con el aviso no le engañaba. Al llegar lo estaban esperando, uno de ellos se había escondido entre el ramaje de un árbol y solicitaba ayuda como si realmente se quemara. Él, que no lo pensó un instante saltó entre las llamas para socorrerlo sin salir de ellas con vida. Los jóvenes más tarde avisaron del incidente sin contar realmente que ellos tenían la culpa, en el lugar exacto donde sucedió, más tarde sin ser sembrada por nadie creció una encina.
Tras averiguar el misterio decidí igualmente marcharme cambiando únicamente el recorrido y retornar un poco mis pasos. Con la mochila a cuestas salí a primera hora de la tarde para llegar al lugar del accidente, quería examinarlo con mis propios ojos a la luz del día. Esta vez recorrí el camino en dos horas y media. Desde la carretera observé todo lo que expresaba el paisaje. En la oscuridad, los ruidos lo llenaban todo de vida, pero a plena luz era más triste. Caminé hasta la encina, observé minuciosamente cada detalle, y esperé a que llegara la noche. Pasadas las doce y media el silencio fue roto por los pasos de la vela, en la lejanía podía observar cómo se acercaba cada vez más. Sé quién eres, le dije, Y yo quien eres tú, contestó antes de que la vela se apagase.

viernes, 29 de julio de 2011

EL TIBURÓN DEL LOMO PLATEADO


Aquel día no era mi intención viajar, pero me aguardaba un viaje intrépido. Charlaba como de costumbre con mi primo Eusebio del partido entre Pulgones y Garrapatas. Otra vez, nos habían dado goleada. Cuando de repente el gato mendigo sacudió su oreja. Cayéndome al suelo y viéndome perdido, salté a unos zapatos muy limpios que pasaban por allí.

“Tal vez no vendría mal ,cambiar de aires”, pensé, y entonces me subí por el zapato y me pasé al calcetín, busque un hueco pequeño y me cobije. Llegando en aquel momento la hora de comer, “Ñam, Ñam” y le mordí. El señor al que me había subido se paró en seco, y, se bajó el calcetín descubriéndome en su interior. “Socorro, me ha descubierto” pensé, me intentó sacudir, pero me aferré a un pelo y trepé pierna arriba. Quedándome escondido en una costura del pantalón, pues este señor me estuvo buscando para lapidarme.

Llegando la hora de almorzar pensé tomar aperitivo y mordí el muslo rechoncho de mi nuevo padrino, éste, comenzó a sacudirse, sin darse cuenta de que toda la gente le observaba mientras intentaba deshacerse de mí, me llevo al servicio donde me busco por todos los recovecos del pantalón, pero yo, trepé cuesta arriba por la barriga y me escondí en el hueco del ombligo.

Decidió irse a casa una vez cansado de buscarme en el pantalón. Tras su almuerzo se ensalzó entre cariñas y arrumacos con su mujer, habiéndose quitado la ropa y preparándose para arrullar a ésta, me entró ganas de comer. Y en una oreja ésta vez le piqué. Sacudiéndose la cabeza, la mujer desnuda al igual que él, me buscaban en cabeza, barriga, muslo y pies, cansado de tanto brincar y correr, decidí escapar para no volver.

Cogí carrerilla y salté al lomo de su perro que entraba en la habitación ,¡Que zapatillazo se llevó! pues pensaban que de él provenía yo. La mascota corrió despavorida y salió a la calle a dar un paseo. Cuando llegamos al parque no muy lejos pude ver, a mi primo Eusebio a lomos de mi antiguo huésped, que alegría, que felicidad, cogí impulso, y salté, salté hasta alcanzar a mi huésped preferido, pues yo era feliz en aquel lugar.
Yo Tiburcio, el tiburón del lomo plateado, soy pulga, pero sagaz y valiente, y me agarro a éste lomo con mis garras bien fuerte.

lunes, 16 de mayo de 2011

LA FUERZA DEL DRAGÓN


Donde nadie pondría una zancada fue a dejar su huella Arturo, un dragón inocentón que impresionado por la belleza del paraje, decidió hacer una parada para descansar, cuando inesperadamente, escuchó una voz muy sensual proveniente de la profundidad del lago.

-¿A que es bello este lugar? Pues más cálida son sus aguas del color del coral. Es como el perfume de las rosas rojas aterciopeladas. Adéntrate en el lago y comprobaras, que lo que digo es cierto, y no te arrepentirás.-Dijo la voz sensual.

-¿De dónde sale esa voz?¿Quién eres?-Dijo Arturo.

-Soy el Hada de este lago, llamado el lago de los corales, ¿No has oído hablar de él? Porque es famoso sobre todo entre dragones tan robustos como tú, porque vienen a bañarse en sus aguas, para poder fortalecer sus fuerzas.-Dijo el Hada.

-Enserio, no me lo puedo creer, pues nunca había oído hablar de él. Y si es tan poderoso,¿Cómo es que está tan solo?-Dijo el inocente dragón.

-Porque no todos se atreven a bañarse en estas aguas, porque creen que yo les haré daño, pero soy un hada inofensiva que solo quiere ayudar, a que podáis defender con mayor soltura el castillo de vuestro amo.-Dijo el Hada.

-Yo no tengo amo, soy un dragón libre. Dicen que soy aun inexperto, que no se controlar mi llamarada de fuego, y por eso todavía no tengo castillo que defender.-Dijo el dragón.

-Pues si pruebas a bañarte en este lago, todo cambiará para ti. Palabra de Hada.-Dijo el Hada.

Cautivado por las palabras del Hada del lago decidió bañarse, probó metiendo una garra y comprobó que el agua estaba cálida, y prosiguió con su baño, después de nadar un rato decidió salir, para secarse.

-¿Qué tal te ha caído el baño? ¿Te sientes diferente?-Dijo el Hada con un tono de burla.

-Maravilloso, sin duda es el mejor baño de mi vida, me siento reconfortado.-Dijo Arturo.

-Bien, ahora que ya has caído en mi trampa, te voy a contar el secreto, por el que el agua está tan cálida. Cuando asaltan algún castillo, y no han podido acabar con la vida del dragón, lo tiran a estas mis aguas. Además de todo aquel bobalicón que es engatusado por mi voz. Porque todo dragón que sea bañado en ellas, perderá su llamarada de fuego. Y tú eres uno de esos, que ya no va a poder chamuscar a nadie.-Dijo el Hada.

Arturo intentó soltar una llamarada de fuego, pero no le salió, dándose cuenta de que había caído en una trampa, y ahora . ¿Cómo podría defenderse de sus enemigos?

-Embustera, y ahora como me defiendo, y ya no podré tostar castañas en un segundo, ni comer pavo asado. Embaucadora, te as reído de mi.-Dijo el podre Arturo entre sollozos.

-Existe una posibilidad de que recuperes tu deflagración, pero es muy difícil, imposible diría yo.-Dijo el Hada.

-Dímela, por complicada que sea, no pierdo nada por intentarlo. ¿Qué más puedo perder?-Dijo Arturo.

-Muchos se la han dado de valientes como tú. Y todavía puedes perder algo más importante que la posibilidad de chamuscar pavo. La vida, inocente amigo. Pero te diré la única posibilidad que existe. En otra época el Hada de Tierra Llana y yo, reinábamos en toda la flora, ella con calidez proporcionaba la temperatura perfecta a las flores, y yo las nutria con mi agua perfumada, hasta que un día un dragón arrasó con su deflagración todo nuestro trabajo. Desde entones como no nos poníamos de acuerdo decidimos separarnos, yo reino en mi lago y ella en Tierra Llana, si te atreves a pisar sus tierras, secas como la pólvora, podrás comprobar que tal vez un antepasado tuyo pudo propiciar este desastre. Pues bien, lo único que tienes que hacer es buscar la manera de entrar en su castillo, lo cual no te será del todo fácil, si consigues atravesar sus barreras, ella misma te proporcionará de nuevo tu poder. Te advierto que no ha habido ningún dragón que lo haya conseguido.-Dijo el Hada

-Yo seré el primero que recuperará la llamarada.-Dijo Arturo, esperanzado en conseguir está hazaña.

-Toma este mapa, él te hará llegar a Tierra Llana. Suerte.-Dijo el Hada.

Arturo cogió el mapa y le echó un vistazo, tendría que volar como mínimo un día y medio para llegar a aquel desorientado lugar y decidió pasarse por casa para coger algo de comer. Luego con el zurrón lleno, partió hasta Tierra Llana. Tras un día de camino, se dio cuenta de que no debía estar muy lejos porque se notaba que cesaban los parajes de notables bosques, y comenzaba a verse un paisaje arenoso y seco. Tras un leve descanso al lado de un rio casi seco, prosiguió con su camino, en la lejanía se divisaba un extraño bulto entre la tierra calma.

“Por fin lo he encontrado”, pensó Arturo mientras se detenía. Era un inmenso cactus que rodeaba aquel diminuto castillo, todo lleno de púas afiladas como cuchillos. Sacó un gran cuchillo que llevaba en el zurrón, para contar el cactus, pero conforme los iba cortando, se iba reproduciendo de tal manera que nunca dejaba un centímetro desprotegido. Entonces decidió probar a entrar por el suelo, intentando hacer un túnel, pero le fue imposible, no había previsto tanto inconveniente y se encontraba desprovisto de utensilios para tal plan, lo intentó con sus propias garras, pero era demasiada la tierra que debería mover. Cansado por todo el esfuerzo decidió irse a dormir, y así intentar despejar la mente y buscar otra posibilidad.

A la mañana siguiente, se acordó de unos de los consejos de botánica que le había dado su abuela Julieta cuando él era pequeño. Su abuela decía que a las plantas de tierras áridas como el cactus en este caso, cuando las regabas con abundancia se pudrían. Así fue como llegó a la idea de deshacer aquella barrera de espinas. Voló hasta el río donde él había descansado, y confecciono una balsa en la que acarrearía agua desde el río hasta el fuerte, aunque tuviera que hacer varios viajes para deshacerse de la barrera, daría una y mil vueltas hasta concluir su cometido.

Y así fue tras unos sesenta viajes, comenzaba a notarse la tierra ahogada, y decidió alejarse un poco, para descansar. Una vez que el agua pudrió el cactus, lo arranco con sus propias garras. Una vez libre la entrada al castillo, llamó a su puerta y salió el Hada de Tierra Llana.

-Que valiente has sido al presentarte en mis tierras, pero sobre todo inteligente. Todos los que anteriormente tuvieron tu mismo propósito cesaron tras un primer intento, pensaban que con su fuerza podrían conseguir sus propósitos, pero tú has usando la cabeza, te has merecido recuperar el poder de la deflagración. Espero que lo sepas usar mejor después de este suceso.-Dijo el Hada de Tierra Llana devolviéndole a Arturo su poder.